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LAS DOMINICAS DE LERMA NOS RETAN...

Hoy el reto del amor es dar gracias al Señor por la trayectoria que ha hecho contigo

Hola, buenos días, hoy Israel nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.

PARA LLEGAR LEJOS

Hemos comenzado el curso, y también nuestros escritorios se llenan de libros. ¡Hoy mismo, en el directo de esta tarde, nuestra priora propondrá el próximo libro de la escuela de lectura en el directo!

En este momento, sobre mi mesa hay varios libros abiertos. De todos ellos, hay uno que tiene más de 1000 páginas. Y cada vez que lo veo, pienso si seré capaz de dar con él. La tentación es ir viendo cuántas páginas voy alcanzando, como si el éxito fuera llegar a acabarlo, pero ese es el error, porque el verdadero éxito está en perder “las cuentas” y sumergirte en ello, disfrutándolo.

Todo estudio, sea una formación más profunda o sea una buena lectura asidua, conlleva una ascesis. Pero se entiende muy bien con ese dicho italiano: “piano piano si va lontano”: poquito a poco se llega lejos, pero, claro, hay que dar cada paso.

Y cada vez veo más claro que esta misma es la lógica del Señor para con nosotros. Si miras hacia atrás y ves toda la obra que Él ha hecho desde que le conociste, ¿no te parece increíble hasta dónde te ha llevado? Sin embargo, si piensas en el día a día, el paso te parece muy lento. Y es que para Él “un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pe 3, 8).

Así que concluyo que lo mejor es hacer como en los libros: dejar de contar, dejar que Dios sea Dios y sencillamente disfrutar con la página que juntos escribiremos hoy. Pero eso sí… ¡no rendirse a medias!

Hoy el reto del amor es dar gracias al Señor por la trayectoria que ha hecho contigo. Recordar sus maravillas nos llena el corazón de agradecimiento. Que la acción de gracias te inunde de confianza en el Señor: si lo ha hecho hasta ahora, Él lo llevará a su plenitud. ¡Continúa y disfruta!

VIVE DE CRISTO

¡Feliz día!

ARTE Y FE

El sueño de un sacristán: los santos Cosme y Damián realizando una curación milagrosa mediante el trasplante de una pierna,

Pintura del Maestro de Los Balbases (activo hacia 1495),

Pintado hacia 1495,

Óleo sobre tabla,

© Biblioteca Wellcome, Londres

Reflexión sobre el cuadro

Hoy celebramos la fiesta de los santos Cosme y Damián, hermanos gemelos y médicos de Arabia que se hicieron famosos no sólo por su habilidad médica, sino también por su radical testimonio cristiano. Ofrecían sus curaciones gratuitamente, sin aceptar nunca pago alguno, lo que les valió el título de anargyroi en griego. La palabra griega “Anargyroi” (ἀνάργυροι) cobra un significado especial cuando se descompone en sus partes. “An-” (ἀν-) significa “sin”, mientras que “argyros” (ἄργυρος) significa «plata» y, por extensión, dinero, ya que la plata se utilizaba habitualmente como moneda. Así pues, «anargyroi» significa literalmente «los que carecen de plata» o «los que no cobran honorarios». Su generosidad a la hora de ejercer la medicina atrajo a muchos hacia la fe cristiana. En el arte cristiano, suelen representarse sosteniendo frascos de ungüentos, instrumentos médicos o, a veces, incluso un bisturí, símbolos de su papel como sanadores tanto del cuerpo como del alma.

Cosme y Damián sufrieron mucho durante las persecuciones del emperador Diocleciano (303-311 d. C.), una de las campañas más feroces para reprimir el cristianismo en el Imperio Romano. Soportaron repetidos intentos de ejecución: fueron apedreados, quemados e incluso ahogados, pero sobrevivieron milagrosamente a cada uno de ellos hasta que finalmente fueron decapitados. Su valentía y firmeza se convirtieron en un poderoso testimonio de la fuerza de su fe. Como siempre atribuían sus curaciones a la gracia de Cristo y no a su propia habilidad, se convirtieron en una amenaza para las autoridades romanas, que temían la propagación del cristianismo. Su martirio les aseguró un lugar como intercesores muy queridos, especialmente para los médicos, los farmacéuticos y los enfermos. La devoción hacia ellos se extendió ampliamente tanto por Oriente como por Occidente, con magníficas iglesias dedicadas en su honor, incluida la famosa basílica del Foro Romano, que aún hoy se puede visitar (una de mis iglesias favoritas de Roma).

En nuestro retablo español, vemos a los santos Cosme y Damián, representados apareciendo en una visión, ataviados con las lujosas túnicas de los médicos eruditos, mientras realizan el famoso milagro del trasplante de pierna. La historia está recogida en la Legenda Aurea (La Leyenda Dorada) de Jacobo de Vorágine, recopilada hacia 1275. Según el relato, un sacristán de la basílica romana dedicada a los santos en el Foro Romano padecía una enfermedad que le consumía la carne de la pierna izquierda. Una noche soñó que los dos santos médicos se le aparecían, le extirpaban la extremidad enferma y la sustituían por la pierna de un hombre africano recientemente fallecido y enterrado en las cercanías. Al despertar, descubrió que, efectivamente, la pierna enferma había sido sustituida y que ahora tenía una pierna negra y sana.

Este extraordinario milagro se convirtió en uno de los episodios más populares de la leyenda de los santos y se representó a menudo en el arte. El retablo de Burgos, pintado por el anónimo Maestro de los Balbases (llamado así por un retablo que creó para la iglesia de San Esteban de esa ciudad), probablemente se encontraba originalmente en la iglesia de los santos Cosme y Damián de Burgos, en el norte de España.

LA PALABRA DEL 26 DE SEPTIEMBRE  2026

“Pero ellos no entendían lo que les decía”

1.- Introducción.

Señor, ¡qué difícil nos lo has puesto! El camino de la cruz nos repugna, nos echa atrás, no lo podemos entender. No lo entendía Pedro, ni los apóstoles, ni tampoco nosotros. Pero Tú, Señor, ya has pasado por él, has ido por delante, no te has echado atrás a pesar de que tu carne se resistía. Señor, si Tú no nos ayudas, no podemos aceptar la cruz. Es demasiado pesada para nosotros. Si no somos capaces de llevarla, haznos, al menos, ser tus Cireneos.

2.- Lectura sosegada del evangelio:  Lucas 9, 43b-45

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres. Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

La cruz humanamente no se entiende. Sólo se puede vislumbrar desde “el amor desmedido” como le pasó a Jesús. Para una persona que ama poco, todo le parece mucho; pero para una persona que ama mucho, todo le parece poco. A Jesús le pareció poco el haberse encarnado, el haber pasado por la vida “como uno más, como uno de tantos”; le pareció poco todo lo que tuvo que padecer en su pasión. En el paroxismo del amor, no le retuvo ni siquiera la muerte en Cruz. El volver al Padre sin haber podido expresar el inmenso amor que nos tenía suponía para Él un sufrimiento más grande que la misma muerte en cruz. Jesús sintió por dentro una enorme satisfacción cuando pudo decir: “todo está cumplido”. Todo el amor ha llegado a plenitud. Qué bonito debe ser morir tomando entre las manos el libro de la existencia y poder decir como Jesús ¡Misión cumplida!

Palabra del Papa

“El Hijo del hombre va a ser entregado a las manos de los hombres», estas palabras de Jesús congelan a los discípulos que pensaban en un camino triunfal. Palabras que se mantenían misteriosas para ellos porque no entendían el sentido y tenían miedo de interrogarlo sobre este argumento. Tenían miedo de la Cruz. El mismo Pedro, después de esa confesión solemne en la región de Cesarea de Felipe, cuando Jesús dice esto otra vez, reprendía al Señor: ‘¡No, nunca, Señor! ¡Esto no!‘ Tenía miedo de la Cruz, pero no solo los discípulos, no solo Pedro, ¡el mismo Jesús tenía miedo de la Cruz! Él no podía engañarse, Él sabía. Tanto era el miedo de Jesús que esa tarde del jueves sudó sangre; tanto era el miedo de Jesús que casi dijo lo mismo que Pedro, casi… «Padre, aparta de mí este cáliz. Pero que ¡se haga tu voluntad!» ¡Esta era la diferencia!». La Cruz nos da miedo también en la obra de evangelización, pero está la regla que el discípulo no es más grande del Maestro. Está la regla que no hay redención sin la efusión de la sangre, no hay obra apostólica fecunda sin la Cruz”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 28 de septiembre de 201, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que ya he meditado. (Silencio)

5.-Propósito. Aceptaré hoy todo lo que no me guste, lo que me haga sufrir. Y así seré discípulo de Jesús.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor, porque hoy me he asomado un poco al misterio de la Cruz, es decir, al misterio de tu amor, y me he quedado sin palabras. El amor que nos tienes únicamente puede expresarse por el misterio del amor más grande, el amor más fuerte, el amor más escandaloso, el amor más desinteresado, el amor más sacrificado. ¿Por qué no te imitaré, aunque sea un poco?

CATEDRAL DE NOTRE-DAME DE PARÍS

Historia, fe y arte a través de los siglos

En el corazón de París, sobre la Île de la Cité, se levanta la Catedral de Notre-Dame —Nuestra Señora—, uno de los grandes símbolos del cristianismo europeo y una obra maestra del arte gótico.

Un templo nacido en la Edad Media

Su historia comenzó en 1163, cuando el obispo Maurice de Sully impulsó la construcción de una gran catedral dedicada a la Virgen María, en un lugar donde anteriormente habían existido otros edificios religiosos. Las obras se desarrollaron durante generaciones y la mayor parte de la construcción quedó concluida hacia 1345. Notre-Dame de París

Notre-Dame incorporó algunos de los elementos más característicos del gótico: arcos apuntados, bóvedas de crucería, grandes vidrieras, rosetones y arbotantes. Todo ello permitía elevar los muros y abrir grandes espacios a la luz. Sus dimensiones —unos 127 metros de longitud y 33 metros de altura interior— muestran la extraordinaria ambición de sus constructores. Notre-Dame de París

Una catedral testigo de la historia

Durante más de ocho siglos, Notre-Dame ha estado profundamente vinculada a la historia religiosa y civil de Francia. En 1239, san Luis IX llevó procesionalmente hasta la catedral las reliquias de la Pasión de Cristo que había adquirido, antes de que fueran custodiadas en la Sainte-Chapelle. Notre-Dame de París

La Revolución francesa dejó importantes daños en el edificio y destruyó numerosas esculturas. Ya en el siglo XIX, la novela Notre-Dame de Paris, de Victor Hugo, publicada en 1831, contribuyó poderosamente a despertar nuevamente el interés por la catedral. Posteriormente se emprendió una gran restauración dirigida principalmente por Eugène Viollet-le-Duc, quien reconstruyó elementos desaparecidos y levantó la célebre aguja que durante más de siglo y medio caracterizó su silueta. Notre-Dame de Paris

El incendio de 2019

El 15 de abril de 2019, un devastador incendio destruyó gran parte de la cubierta medieval y provocó el derrumbe de la aguja. Las imágenes de Notre-Dame ardiendo recorrieron el mundo.

Sin embargo, la estructura esencial de la catedral pudo salvarse. Comenzó entonces una extraordinaria tarea de reconstrucción y restauración en la que participaron miles de profesionales, artesanos y especialistas. Notre-Dame de París

Después de cinco años de trabajos, Notre-Dame volvió a abrir sus puertas en diciembre de 2024, recuperando su misión como lugar de culto y acogida. París

Más que un monumento

Notre-Dame no es solamente piedra, historia y arte. Su mismo nombre nos recuerda su sentido más profundo: Nuestra Señora, María, la mujer que conduce hacia Cristo.

Sus torres, sus campanas, sus rosetones y la luz que atraviesa sus vidrieras hablan del deseo humano de elevar la mirada hacia Dios. Generaciones enteras han entrado en ella para rezar, celebrar, llorar, agradecer y buscar esperanza.

Quizá el incendio y su posterior reconstrucción nos hayan dejado también una hermosa enseñanza: hay heridas que no significan el final. Aquello que parece destruido puede volver a levantarse cuando existen fe, esperanza, trabajo y fraternidad.

Notre-Dame sigue en pie.
Como hace más de ocho siglos, continúa invitándonos a levantar la mirada y recordándonos que, aun entre las cenizas, siempre puede volver a nacer la esperanza.


Aviso a navegantes

«Las prostitutas y los publicanos os precederán en el Reino»

Esta frase va dirigida a los sacerdotes y ancianos de Israel en el momento cumbre del enfrentamiento de Jesús con las autoridades de Israel, y muestra su rechazo radical a la infidelidad manifiesta de quienes han sido elegidos para ser instrumento de Dios, y en lugar de ello se han apropiado de Él. Pocas veces en el evangelio se muestra Jesús tan agresivo, tan hiriente; y aunque estos textos se enmarcan en la batalla sin cuartel que en aquellos momentos mantiene con las autoridades, no cabe duda de que son de plena aplicación a nosotros.

Es condición indispensable para seguir a Jesús sentirse necesitado de él. Por eso lo siguieron los necesitados, y lo persiguieron y lo mataron los doctores y letrados que se sentían en posesión de la verdad y consideraban a Jesús un farsante; los santos que se consideraban justos delante de Dios cumpliendo fielmente Ley y olvidando la misericordia; los ricos que se sentían satisfechos tal como estaban, y los poderosos que no podían admitir competidores que pusiesen en riesgo su poder y su influencia.

Los ricos, los santos, los sabios, los poderosos… Fiel reflejo de lo que nosotros somos en realidad. Nuestra sociedad es opulenta comparada con la que describen los evangelios, Aparentemente nos ofrece todo lo que necesitamos y nos resulta muy difícil sentirnos necesitados o renunciar a la riqueza. Pero es que, además, por una u otra razón, casi todos los que nos consideramos seguidores de Jesús nos sentimos ciudadanos preeminentes del Reino, bien sea por cumplir la ley de Dios y acatar los dogmas de la Iglesia con rigor (haciendo así un Dios a nuestra medida que poco o nada tiene que ver con Abbá), o bien por sentirnos tan sabios por dominar la filosofía o la metafísica, o por conocer la exégesis más actual e independiente, que nos permitimos calificar a Jesús de fiable o infiable según se ajuste o se deje de ajustar a nuestros criterios (con lo que nos hacemos un Jesús a nuestra medida).

En muchas ocasiones el propio Jesús nos advierte a los buenos de que quizá las cosas no sean tal como las imaginamos; lo cual sería un motivo serio para sentirse preocupado si no desdeñásemos sus advertencias porque honestamente creemos que van dirigidas a los otros y no a nosotros:

«Las prostitutas y los publicanos os precederán en el Reino» … «Te doy gracias padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y las has revelado a los sencillos» … «Qué difícil es que un rico entre en el Reino, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja» … «Muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿no cumplíamos la ley y los dogmas? ¿no conocíamos a la perfección el evangelio?».

Y no se trata de superar o no superar un juicio, sino de perderse o no perderse la buena Noticia del Reino, pues son muchos los indicios que nos indican que nos la estamos perdiendo. Vemos a nuestro alrededor gente sencilla que refleja en sus actos que ha encontrado el tesoro, y viéndoles quizá nos preguntemos si nosotros lo hemos encontrado.


Los publicanos y las prostitutas

VAN POR DELANTE

Los evangelios contienen páginas desconcertantes que nos dejan perplejos. Son auténticos dardos dirigidos al corazón del seguidor/a.

Uno de ellos lo encontramos en este breve texto que acabamos de leer. Muchos, si pudieran, borrarían estas líneas de los evangelios. Pero ahí están: LOS PUBLICANOS Y LAS PROSTITUTAS VAN POR DELANTE DE VOSOTROS EN EL REINO DE DIOS. Leamos en versión popular: “los corruptos y las p*** van por delante”. Los términos hieren nuestra sensibilidad, pero la realidad no la hiere.

Jesús no es así. Él cree que los humillados tienen un lugar en la nueva sociedad y que, no pocas veces, hay en ellos más humanidad que en las personas biempensantes. Si esto nos molesta, mejor que dejemos a Jesús de lado. Porque para Jesús son más importantes los valores de humanidad, de amparo y de amor que las normas de la legalidad y moralidad. No las despreciamos, pero están en un segundo término. Por increíble que parezca, hay cristianos que siguen pensando, como decía el otro, que los buenos somos los de siempre y que la gente de mal vivir no merece consideración. ¡Cuándo aprenderemos!

¿Qué hacer para que no nos caiga encima esta advertencia de Jesús? ¿Cómo valorar a toda persona desde una perspectiva evangélica?

La dignidad por delante: una cosa es la dignidad y otra la moralidad. Aquella hay que mantenerla siempre; ésta habrá que trabajarla lo mejor que se pueda.

El respeto como requisito imprescindible: porque las situaciones de vida de los humanos son complejas. Simplificar para apoyar nuestras maneras de ver no conduce a nada.

La benignidad crítica como herramienta de discernimiento: ya que ponerse en contra por principio ante comportamientos que no nos gustan es bloquear el camino de un posible entendimiento.

Para entender y alegrarse de esta manera de pensar de Jesús es precisa otra mirada sobre la realidad, otros ojos, otro corazón. Es necesaria la mirada con la que miran los niños, libres de prejuicios; la mirada de quien no quiere aprovecharse de los demás; la mirada de quien está dispuesto a hacer un sitio al débil en su corazón porque se siente concernido y tocado por su suerte. Si todo esto nos suena a música celestial, mejor dejarlo.

Porque esto, como decía el recordado Papa Francisco, tiene sus consecuencias: «Cada una y todas las personas son iguales y se les debe reconocer la misma libertad y la misma dignidad. Cualquier relación discriminante que no respete la convicción fundamental que el otro es como uno mismo constituye un delito, y tantas veces un delito aberrante. Por eso, declaramos en nombre de todos y de cada uno de nuestros credos que la esclavitud moderna, en término de trata de personas, trabajo forzado, prostitución, explotación de órganos, es un crimen de lesa humanidad».


LA PALABRA DE DIOS, FUENTE DE VIDA

Vivimos rodeados de palabras. Palabras que escuchamos, que pronunciamos, que escribimos y que recibimos continuamente. Palabras en la televisión, en el teléfono, en las redes sociales, en nuestras conversaciones. Algunas nos alegran; otras nos preocupan. Hay palabras que curan y palabras que hieren; palabras que acercan y palabras que separan; palabras que recordamos durante toda la vida y otras que desaparecen apenas las hemos escuchado.

En medio de tantas voces existe una Palabra diferente: la Palabra de Dios.

No es una palabra más entre tantas. No es simplemente un recuerdo del pasado ni un conjunto de textos antiguos que conservamos por tradición. Para quien se acerca a ella con un corazón abierto, la Palabra de Dios sigue teniendo capacidad para iluminar, cuestionar, consolar, levantar y transformar.

La Palabra de Dios es fuente de vida porque detrás de ella encontramos a un Dios que quiere encontrarse con nosotros.

Desde las primeras páginas de la Biblia descubrimos a un Dios que habla. «Dijo Dios…», repite el relato de la creación. Y de aquella palabra brota la luz, aparece la vida y comienza la historia.

Después Dios habla a Abraham y le invita a ponerse en camino. Habla a Moisés y escucha el sufrimiento de un pueblo esclavizado. Habla a través de los profetas para reclamar justicia, misericordia y fidelidad. Habla a María en la sencillez de Nazaret y encuentra en ella una respuesta extraordinaria: «Hágase en mí según tu palabra».

Hasta que llega un momento en que la Palabra deja de ser solamente una voz.

La Palabra se hace carne. Tiene rostro. Tiene manos. Tiene mirada. Tiene corazón. Tiene nombre. Jesús de Nazaret.

¿QUÉ QUIERES DECIRME HOY, SEÑOR?

Tal vez hemos cometido el error de acercarnos algunas veces a la Biblia únicamente para saber qué ocurrió hace dos mil años.

Conocer el contexto histórico es importante. Comprender las palabras, las costumbres y las circunstancias en las que nacieron los textos bíblicos nos ayuda a interpretarlos correctamente. Pero después necesitamos dar otro paso. Cada vez que abrimos el Evangelio podemos preguntarnos: «Señor, ¿qué quieres decirme hoy?» Porque la Palabra necesita encontrarse con nuestra vida. Con nuestras alegrías y preocupaciones. Con nuestras preguntas. Con nuestros sueños. Con nuestras heridas..

Entonces descubrimos que algunas palabras de Jesús parecen atravesar los siglos para llegar directamente hasta nosotros:

«No tengas miedo».

«Levántate».

«Ven y sígueme».

«Tu fe te ha salvado».

«Amaos unos a otros».

«Perdona».

«Yo estoy con vosotros».

Hay días en los que quizá no necesitamos muchas más palabras.

Una sola frase del Evangelio puede acompañarnos durante toda una jornada.

Podemos repetirla mientras caminamos, mientras trabajamos, mientras descansamos o mientras permanecemos en la cama de un hospital.

Y aquella pequeña frase puede convertirse en oración.

más hermosas de la fe.

«LEVÁNTATE»

Existe una palabra de Jesús que me parece especialmente hermosa: Levántate. Jesús la pronuncia ante personas enfermas, heridas o aparentemente derrotadas. También nosotros necesitamos escucharla. Levántate después de una caída. Levántate después de un fracaso. Levántate después de una decepción. Levántate cuando hayas perdido la ilusión. Levántate cuando pienses que ya es demasiado tarde. Levántate y continúa caminando.

La Palabra de Dios no nos promete una vida sin dificultades. Nos recuerda algo diferente: ninguna caída tiene necesariamente que ser definitiva.

NOSOTROS TAMBIÉN PODEMOS SER EVANGELIO

Hay personas que quizá nunca abrirán una Biblia.

Puede que nunca entren en una iglesia.

Quizá no escuchen una homilía ni participen en una celebración.

Pero algún día pueden encontrarse contigo.

Pueden encontrarse conmigo.

Y quizá nuestra manera de tratarlas sea la única página del Evangelio que lean ese día.

Esto debería hacernos pensar.

¿Qué Evangelio transmitimos con nuestra vida?

¿El Evangelio de la acogida o el del juicio?

¿El Evangelio de la misericordia o el de la condena?

¿El Evangelio de la alegría o el de la tristeza permanente?

¿El Evangelio del servicio o el del poder?

Seguir a Jesús significa intentar parecernos un poco más a Él cada día.

No consiste solamente en hablar de Dios.

Consiste en hacer presente su amor.

Que alguien pueda encontrar en nosotros una mirada limpia.

Una palabra de ánimo.

Una sonrisa.

Una mano tendida.

Un poco de ternura.

Un poco de misericordia.

Un poco de esperanza.

PALABRAS DE VIDA

En un momento difícil, cuando algunos discípulos abandonaron a Jesús, Él preguntó a los Doce si también ellos querían marcharse.

Pedro respondió:

«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

También nosotros podemos repetirlo.

Cuando estemos cansados:

Tu Palabra es fuerza.

Cuando tengamos miedo:

Tu Palabra es confianza.

Cuando estemos heridos:

Tu Palabra es consuelo.

Cuando nos sintamos perdidos:

Tu Palabra es camino.

Cuando llegue la oscuridad:

Tu Palabra es luz.

Cuando aparezca la soledad:

Tu Palabra es compañía.

Cuando pensemos que ya no podemos continuar:

Tu Palabra vuelve a decirnos: Levántate.

Y cuando creamos que todo termina:

Tu Palabra vuelve a hablarnos de VIDA.

Que nunca perdamos el deseo de abrir el Evangelio.

Que sepamos leerlo despacio.

Que aprendamos a guardar alguna palabra en nuestro corazón.

Pero, sobre todo, que tengamos el valor de llevarla a nuestra vida.

Porque quizá el mejor comentario del Evangelio no sea el que escribimos con muchas palabras.

El mejor comentario del Evangelio es una vida vivida desde el amor.

Que nuestras manos hablen de misericordia.

Que nuestros pies caminen hacia quien nos necesita.

Que nuestros ojos descubran al que todos olvidan.

Que nuestros labios pronuncien palabras que curen y no palabras que hieran.

Que nuestro corazón tenga siempre una puerta abierta.

Y que nuestra vida pueda decir silenciosamente a quien se encuentre con nosotros:

Dios sigue amándote.
Dios no te ha olvidado.
Dios camina contigo.
Todavía hay esperanza.

Porque la Palabra de Dios continúa recorriendo los caminos de la humanidad.

Y quiere hacerlo también a través de nosotros.

PALABRA ESCUCHADA.
PALABRA ACOGIDA.
PALABRA VIVIDA.
PALABRA COMPARTIDA.

LA PALABRA DE DIOS ES FUENTE DE VIDA,
LUZ PARA EL CAMINO
Y ESPERANZA PARA EL CORAZÓN.

ANTE LAS DIFICULTADES ACTUALES: VIVIR HOY COMO CRISTIANO

Ser cristiano hoy no significa vivir al margen de los problemas del mundo. Al contrario: significa vivir en medio de ellos con una mirada diferente, con los pies en la tierra y el corazón puesto en Dios.

Nuestro tiempo está lleno de dificultades. Hay guerras, violencia, enfrentamientos, pobreza, soledad, enfermedad, incertidumbre y miedo al futuro. Muchas personas viven cansadas, desorientadas o heridas. También nosotros, los creyentes, atravesamos momentos en los que nos cuesta comprender lo que sucede y hasta podemos preguntarnos: ¿Dónde está Dios en medio de todo esto?

La fe no nos proporciona una explicación sencilla para cada sufrimiento. Tampoco es una especie de escudo que nos libra del dolor. Jesús nunca prometió a sus discípulos una vida sin dificultades. Lo que prometió fue algo mucho más profundo:

«Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28,20).

Ahí comienza nuestra esperanza.

CREER CUANDO NO TODO ES FÁCIL

Es relativamente sencillo dar gracias a Dios cuando las cosas marchan bien. La fe adquiere una profundidad especial cuando seguimos confiando aunque el camino se oscurezca.

Hay momentos en los que no entendemos. Momentos de enfermedad, pérdidas, decepciones, conflictos familiares, preocupaciones económicas o cansancio interior. Entonces descubrimos que creer no significa tener todas las respuestas.

Creer significa seguir caminando de la mano de Dios incluso cuando no vemos con claridad el camino.

Jesús también conoció el cansancio, la incomprensión, el rechazo, la soledad y el sufrimiento. Por eso el cristiano no sigue a un Dios lejano al dolor humano. Seguimos a Jesús, que lloró con quienes lloraban, tocó a los enfermos, se acercó a los excluidos y compartió la mesa con quienes otros rechazaban.

NO PODEMOS ENCERRARNOS

Ante un mundo complicado existe la tentación de refugiarnos en nosotros mismos: «Bastante tengo con mis problemas».

Pero el Evangelio nos invita justamente a lo contrario.

Cuando alguien sufre, allí tenemos una oportunidad para vivir nuestra fe. Cuando encontramos una persona sola, podemos acompañarla. Cuando alguien necesita ser escuchado, podemos regalarle nuestro tiempo. Cuando encontramos enfrentamiento, podemos intentar construir reconciliación.

Quizá no podamos solucionar los grandes problemas del mundo, pero podemos mejorar el pequeño mundo que tenemos alrededor.

Una llamada.
Una visita.
Una palabra de ánimo.
Una mano tendida.
Un plato compartido.
Un enfermo acompañado.
Una persona escuchada sin prisas.
Un perdón ofrecido.

Son gestos pequeños, pero profundamente evangélicos.

NO DEJARNOS ROBAR LA ESPERANZA

Uno de los grandes peligros de nuestro tiempo es acostumbrarnos a las malas noticias hasta pensar que todo está perdido.

El cristiano no puede ser ingenuo ante el sufrimiento, pero tampoco puede convertirse en profeta permanente de desgracias.

Nuestra esperanza no consiste en pensar que todo saldrá exactamente como nosotros deseamos. Nuestra esperanza nace de saber que Dios continúa actuando incluso en medio de nuestra fragilidad.

Mientras exista una persona capaz de amar, perdonar, cuidar, compartir y levantarse después de una caída, el Evangelio continúa haciéndose presente.

Hay mucho dolor, sí.

Pero también hay muchísima bondad silenciosa.

Personas cuidando enfermos.
Familias sosteniéndose unas a otras.
Voluntarios ayudando a quienes nada tienen.
Profesionales entregando su vida al servicio de los demás.
Personas que perdonan.
Personas que rezan.
Personas que continúan amando cuando amar cuesta.

También ahí está Dios.

SER CRISTIANO ES SER CERCANO

Quizá hoy necesitamos menos discursos y más cercanía.

Jesús evangelizaba acercándose a las personas. Miraba, escuchaba, preguntaba, tocaba, acompañaba.

Por eso nuestra manera de anunciar el Evangelio debería parecerse cada vez más a la suya.

Cercanía, sencillez y humildad.

No necesitamos presentarnos ante los demás como personas perfectas. Somos hombres y mujeres frágiles que hemos descubierto que Dios nos ama y queremos compartir esa esperanza.

El cristiano auténtico no señala desde arriba.

Camina al lado.

No condena al herido.

Se acerca.

No pregunta primero quién tiene la culpa.

Pregunta qué necesita.

Eso hizo el buen samaritano.

VOLVER A LO ESENCIAL

Ante tanta prisa, ruido e incertidumbre necesitamos recuperar espacios de silencio y oración.

No para escapar del mundo, sino para regresar a él con un corazón diferente.

Detenernos.

Respirar.

Escuchar la Palabra.

Hablar con Dios.

Guardar silencio ante Él.

Y preguntarnos cada mañana:

Señor, ¿a quién puedo hacer hoy un poco más feliz?
¿A quién puedo acompañar?
¿A quién necesito perdonar?
¿Quién necesita que simplemente esté a su lado?

Quizá ahí encontremos nuestra misión cotidiana.

VIVIR EL EVANGELIO HOY

Ser cristiano hoy sigue siendo una aventura apasionante.

Significa creer cuando otros han dejado de esperar.

Amar cuando resulta más fácil enfrentarse.

Perdonar cuando el corazón quisiera guardar resentimiento.

Compartir cuando la sociedad invita a acumular.

Acoger cuando otros levantan barreras.

Escuchar cuando todos quieren hablar.

Servir cuando tantos desean ser servidos.

Y levantarnos cada vez que caemos.

No sabemos qué dificultades traerá mañana. Pero conocemos a Aquel que camina con nosotros.

Por eso, aunque algunas veces tengamos miedo, aunque nuestras fuerzas sean pequeñas y aunque atravesemos noches oscuras, podemos continuar caminando.

No estamos llamados a salvar nosotros solos el mundo. Estamos llamados a poner nuestra pequeña luz allí donde Dios nos ha colocado.

Y muchas pequeñas luces juntas pueden iluminar una noche muy oscura.

Que ante las dificultades de nuestro tiempo no perdamos la fe.

Que ante el sufrimiento no perdamos la ternura.

Que ante las divisiones no renunciemos a la fraternidad.

Que ante el miedo no abandonemos la esperanza.

Y que nuestra manera de vivir pueda decir, incluso sin palabras:

DIOS SIGUE AQUÍ.
DIOS SIGUE AMANDO.
DIOS SIGUE CAMINANDO CON NOSOTROS.

Porque vivir hoy como cristiano consiste, en definitiva, en hacer presente el Evangelio allí donde estamos:

con las manos para servir,
los pies para acercarnos,
los ojos para descubrir al que sufre,
los oídos para escuchar,
y el corazón siempre dispuesto a amar.


La humildad

Se acercaba mi cumpleaños y quería ese año pedir un deseo especial al apagar las velas de mi pastel.

Caminando por el parque me senté al lado de un mendigo que estaba en uno de los bancos, el más retirado, viendo dos palomas revolotear cerca del estanque y me pareció curioso ver a un hombre de aspecto abandonado, mirar las avecillas con una sonrisa en la cara que parecía eterna.

Me acerqué a él con la intención de preguntarle por qué estaba tan feliz.

Quise también sentirme afortunado al conversar con él para sentirme más orgulloso de mis bienes, porque yo era un hombre al que no le faltaba nada. Tenía mi trabajo, que me producía mucho dinero. Claro que... ¿cómo no iba a producírmelo trabajando tanto?. Tenía mis hijos a los que, gracias a mi esfuerzo, tampoco les faltaba nada y tenían todos los juguetes que quisiesen tener. En fin, gracias a mis interminables horas de trabajo no le faltaba nada a mi familia.

Me acerqué entonces al hombre y le pregunté:

- Caballero, ¿qué pediría usted como deseo en su cumpleaños?

Pensaba yo que el hombre me contestaría que pediría dinero. Así, de paso, yo le daría unos billetes que tenía y realizaría la obra de caridad del año.

No sabe usted mi asombro cuando el hombre me contesta lo siguiente, con la misma sonrisa en su rostro que no se le había borrado y nunca se le borró:

-Amigo, si pidiese algo más de lo que tengo sería muy egoísta, yo ya he tenido de todo lo que necesita un hombre en la vida y más. Vivía con mis padres y mi hermano antes de perderlos una tarde de junio. Hace mucho, conocí el amor de mi padre y mi madre, que se desvivían por darme todo el amor que les era posible dentro de nuestras limitaciones económicas. Al perderlos, sufrí muchísimo pero entendí que hay otros que nunca conocieron ese amor, yo sí y me sentí mejor.

De joven, conocí una chica de la cual me enamoré perdidamente. Un día la besé y estalló en mí el amor hacia aquella joven tan bella. Cuando se marchó, mi corazón sufrió tanto... Recuerdo ese momento y pienso que hay personas que nunca han conocido el amor y me siento mejor.

Un día en este parque, un niño correteando cayó al suelo y comenzó a llorar. Yo fui, lo ayudé a levantarse, le sequé las lágrimas con mis manos y jugué con él por unos instantes más y aunque no era mi hijo, me sentí padre y me sentí feliz porque pensé que muchos no han conocido ese sentimiento.

Cuando siento frío y hambre en el invierno, recuerdo la comida de mi madre y el calor de nuestra pequeña casita y me siento mejor porque hay otros que nunca lo han sentido y tal vez no lo sentirán nunca. Cuando consigo dos piezas de pan comparto una con otro mendigo del camino y siento el placer que da compartir con quien lo necesita, y recuerdo que hay unos que jamás sentirán esto.

Mi querido amigo, ¡qué más puedo pedir a Dios o a la vida cuando lo he tenido todo, y lo más importante es que soy consciente de ello!

Puedo ver la vida en su más simple expresión, como esas dos palomitas jugando. ¿Qué necesitan ellas? Lo mismo que yo, nada... Estamos agradecidos al Cielo de esto, y sé que usted pronto lo estará también.

Miré hacia el suelo un segundo como perdido en la grandeza de las palabras de aquel sabio que me había abierto los ojos en su sencillez. Cuando miré a mi lado ya no estaba, sólo las palomitas y un arrepentimiento enorme de la forma en que había vivido sin haber conocido la vida. Pensé que aquel mendigo era tal vez un ángel enviado por Dios, que me daría el regalo más precioso que se le puede dar a un ser humano... la humildad.


El valor inestimable del sufrimiento

A nadie le gusta sufrir. Tampoco le "gustó" a Jesucristo. Sin embargo lo abrazó por amor. En el Huerto de los Olivos exclamó: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú.» Mateo 26, 39. He aquí el inestimable valor del sufrimiento: abrazarlo libremente por amor, en unión con Jesucristo; Sufrir para ser fiel al camino del amor.

Hay muchas formas de sufrimiento que afectan al cuerpo. Sin embargo, los sufrimientos mayores son los del corazón: conflictos familiares, disgustos entre personas que se aman... Tarde o temprano todos sufrimos, todos tenemos así la oportunidad de ofrecernos a Dios en comunión con Cristo. Por eso los hermanos que están postrados por enfermedad pueden dar mas fruto, salvar mas almas y hacer mas bien que muchos otros con numerosos apostolados activos pero con menos amor.

Jesucristo sufrió hasta el extremo en la cruz por amor a nosotros. Esta es la clave: POR AMOR. Todo, absolutamente todo, hemos de vivirlo, de abrazarlo por amor. Así nos redimió Jesús. Es cierto que cada palabra y acción de Jesús es parte de su obra salvadora. Pero fue especialmente por medio de sus sufrimientos en la Cruz que fuimos librados del pecado.

El sufrimiento es una oportunidad para unirnos a Cristo y cooperar en la redención del mundo. De nada vale el sufrimiento por sí mismo. Lo que vale es la entrega amorosa que hacemos de él a Dios. Es por eso que el sufrimiento es una gran oportunidad y sería terrible desperdiciarla.

La cruz, la señal del Cristiano, es signo de nuestra entrega al sufrimiento por amor. Nos recuerda a Cristo, que se entregó por nuestra redención. Nosotros, siendo su Cuerpo, hemos de sufrir en unión a El, que es nuestra Cabeza. Hacemos la señal de la cruz para recordar este compromiso. Todo lo que hacemos debe ser "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" y todo por amor, abrazando nuestra cruz.

"Desde la cruz se contempla mejor el cielo" -Madre Adela Galindo

El sufrimiento tiene un gran valor cuando lo abrazamos por amor. Ante el dolor podemos unirnos a la cruz de Cristo o reaccionar con rebelión y culpar a Dios. El sufrimiento tiene un gran valor: expía el mal, une al sacrificio de Jesucristo como expresión de amor y confianza en El y ofrece a Dios un sacrificio de alabanza. El sufrimiento unido a los padecimientos de Cristo nos asemeja a El, que libremente abrazó la cruz por amor. Dice San Pablo:

Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia. -Colosenses 1,24

Solo a la luz de la fe podemos confiar en Dios y crecer en medio de los sufrimientos. Le invito a meditar:

Domingo 26, tiempo ordinario: 27 de septiembre de 2026

Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios.

INTRODUCCIÓN

“Para descubrir la profundidad del relato tenemos que recordar que ser hijo significaba hacer en toda la voluntad del padre. Un buen hijo era el que amaba al padre, el que imitaba perfectamente la figura del progenitor. Como consecuencia, el que dejaba de hacer la voluntad del padre, dejaba de ser hijo. Preguntar: ¿Quién hizo la voluntad del padre? es lo mismo que decir ¿Quién de los dos es verdadero Hijo?» (F. Marcos)

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Ez.18,25-28.                      

2ª lectura: Fil. 2,1-11

EVANGELIO

San Mateo 21, 28-32:

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» Él le contestó: «No quiero”. Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: «Voy, señor.»  Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?» Contestaron: «El primero.» Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

REFLEXIÓN

El Señor dirige unas palabras muy duras a los sumos sacerdotes y jefes del pueblo que le oían: –“Yo os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”. ¡Un juicio duro, pero muy certero! ¿Por qué? Porque los pecadores y las prostitutas son como el primer hijo de la parábola: a pesar de que sus palabras no eran las más “bonitas” y adecuadas, ellos hicieron la voluntad del Padre: creyeron en Cristo y se convirtieron ante su predicación.

Mientras que los fariseos y los dirigentes del pueblo judío, que se consideraban muy justos y observantes, y se sentían muy seguros de sí mismos, ésos son como el segundo hijo: su “porte” externo es muy respetuoso y comedido, pero NO obedecen a Dios. Y lo que Cristo quería era que hicieran la voluntad del Padre.

Para ganar en claridad dividimos este evangelio en tres puntos:

1.– No sirven las palabras sin las obras.  “No se puede edificar una casa sobre arena” (Mt. 7, 26-27).   En este mundo sobran palabras y faltan obras.

          Jesús, que es muy comprensivo con todas las personas “hasta con los publicanos y las prostitutas”, es duro a la hora de enjuiciar a los vividores, a los que llevan doble vida, a los que con palabras bonitas dicen Sí y después es que No. En realidad, esas personas no tienen criterios, ni convicciones, son superficiales y se están engañando a sí mismas. Están construyendo su vida sobre la arena y el final de ellas va a ser un gran fracaso. Jesús nos dijo: “Yo soy la verdad” (Jn. 14,6). Jesús no sólo dice verdades, sino que “es verdad”. Sus labios nunca se tuercen ante la mentira. Es coherente, es sincero, es fiel. Siempre cumple lo que dice. En Jesús la verdad nunca se separa de la persona. Los cristianos debemos vivir en la verdad, debemos desposarnos con la verdad y hacerla nuestra compañera de camino. El hombre que dice y no hace es un hombre roto, dividido, un hombre frustrado, un no-hombre. Y Dios quiere que todos nosotros nos realicemos como personas. La mentira, desde el punto de vista del evangelio, es la gran amenaza al ser humano.

2.- Tampoco sirven las obras para recrearnos en ellas. “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha” (Mt. 6,3). Jesús ya nos ha advertido que, en el juicio final, habrá muchos sustos. Llegarán algunos cargados de méritos, muy cumplidores de leyes y de normas, muy fieles a sus ayunos, sus ofrendas en el Templo, sus oraciones etc. Pero todo eso que “objetivamente” está bien, lo han estropeado porque todo lo han hecho por pura complacencia, por puro orgullo, por creerse mejores que los demás. Todo lo han hecho, pero no por amor a Dios ni a los hermanos sino por amor a ellos mismos. Ese comportamiento tampoco agrada a Dios y Jesús lo dejó bien reflejado en la parábola del fariseo y el publicano. Lo peor de este comportamiento es el endurecimiento del corazón, el cerrarse a la novedad de Dios y el pretender encerrar a Dios en sus esquemas religiosos. En cambio, los pecadores que se abren a Dios y están dispuestos a cambiar de vida, tienen un puesto asignado en el reino de los cielos. Incluso Jesús se atrevió a decir algo muy gordo: “Los publicanos y las prostitutas os precederán”.

3.- Hay que obrar como Jesús: “Yo hago siempre lo que al Padre le agrada” (Juan 8,29). “Ser cristiano es seguir a Cristo por amor. Ignorantes, llenos de defectos, Jesús nos conducirá a la santidad, a condición de que comencemos por amarlo y que tengamos el valor de ir tras él. El cristianismo no consiste sólo en el conocimiento de Jesús y de sus enseñanzas transmitidas (bien o mal) por la iglesia. Consiste, más bien, en un seguimiento que es la raíz de todas las exigencias cristianas y el único criterio para valorar una espiritualidad auténtica, capaz de sobreponerse a todas las adversidades”. (Leopoldo Cervantes)

Jesús siempre evita el éxito y el aplauso. Y cuando lo buscan porque intentan hacerlo rey, él se retira. (Jn. 6,15). Jesús no necesita de los aplausos de los hombres. Esto a él no le dice nada. Jesús vive del aplauso de su Padre Dios, del poder dar satisfacciones a Dios, de tener a su Padre siempre contento. Esto le llena, le satisface, le hace sentirse feliz. Jesús es feliz al comprobar que, con todo lo que él hace aquí en la tierra le hace disfrutar a su Padre en el cielo. Jesús llevaba siempre consigo “un paraíso interior”.  Por eso Jesús nos invita a vivir en la gratuidad, a no recibir recompensa de nadie sino de ese Padre maravilloso que ve en lo escondido. Él es nuestra recompensa. (Mr. 6, 6. 18). Sólo si yo me siento un regalo de Dios y vivo para agradarle, podré hacer de mi vida un regalo para los demás, y podré vivir para agradar a mis hermanos.

PREGUNTAS 

1.- ¿Estoy convencido de que si mis obras no acompañan a mis palabras estoy viviendo del cuento?  ¿Y quiero todavía seguir viviendo así´?

2.- ¿Estoy pendiente de que hablen bien de mí, de que me valoren, de que me aplaudan? Y ¿a eso yo le llamo vida?

3.- ¿Me apasiona vivir sabiendo que el Padre disfruta conmigo?  ¿Me encanta dar a los demás un amor de pura gratuidad?

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