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LA PALABRA DE CADA DÍA

20 de marzo

“Los judíos buscaban matarle”

1.- Oración introductoria.

Señor, otro día que vengo a estar contigo, a “escucharte”. A veces te oigo, pero no te escucho; estoy entretenido con mis pequeños problemas, mis gustos, mis caprichos, mi pequeño mundo. Estoy en otro mundo y tengo el corazón lleno de ruidos. Pero yo necesito tu palabra. ¿Qué sería de mí si no me hablaras? Tu palabra es el pan que me alimenta cada día. Dame la gracia de escucharte, y cumplir lo que Tú me dices.

2.- Lectura reposada de tu Palabra. Juan 7, 1-2.10.25-30

En aquel tiempo, recorría Jesús la Galilea, pues no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Pero después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces Él también subió no manifiestamente, sino de incógnito. Decían algunos de los de Jerusalén: ¿No es a ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido de veras las autoridades que este es el Cristo? Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es. Gritó, pues, Jesús, enseñando en el Templo y diciendo: Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que verdaderamente me envía el que me envía; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de él y él es el que me ha enviado. Querían, pues, detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Me impresionan las palabras del Evangelio: “Los judíos buscaban a Jesús para matarle”. Y es que la verdad incomoda a aquellos que están anclados en la mentira y hacen de la mentira su medio de vida. Buscar a Jesús para matarlo es intentar “matar la vida”. Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. Enemigos de Jesús no son sólo aquellos que matan, que aniquilan la vida, sino también aquellos que están satisfechos con una vida relajada, una vida a medias, una vida sin ilusión, sin esperanza, sin ganas de vivir. Son enemigos de Jesús aquellos que no saben qué hacer con el tiempo. En esta ocasión, Jesús “grita”. La vida es hermosa y debemos acudir a Él porque es “especialista en vida”. Ha vivido en plenitud. Por eso, antes de morir, puede decir con orgullo: “Todo está acabado”. Qué bien se debe morir dando un carpetazo al libro de la vida diciendo ¡Misión cumplida!

Palabra del Papa

Con motivo del 60 aniversario de “Nostrae aetate” el Papa León XIV apeló a la unidad de las religiones, porque, aseveró, «más que nunca, nuestro mundo necesita nuestra unidad, nuestra amistad y nuestra colaboración», dado que «cada una de nuestras religiones puede contribuir a aliviar el sufrimiento humano y a cuidar de nuestra casa común, nuestro planeta Tierra», y, por tanto, «deben reafirmar el servicio a la humanidad, en todo momento».

Como también han hecho sus predecesores, León XIV pidió estar «atentos al abuso del nombre de Dios, de la religión y del diálogo mismo, así como a los peligros que representan el fundamentalismo religioso y el extremismo», desafíos a los que añadió los de «la inteligencia artificial, ya que, si se concibe como una alternativa al ser humano, puede violar gravemente su dignidad infinita y neutralizar sus responsabilidades fundamentales» Por ello, el Papa insistió en que «hoy estamos llamados a refundar esa esperanza en nuestro mundo devastado por la guerra y en nuestro entorno natural degradado. Colaboremos, porque si estamos unidos todo es posible. Hagamos que nada nos divida».

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra. (Guardo silencio)

5.-Propósito. En este día voy a aprovechar el tiempo y no voy a perder ni un solo minuto.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, yo te agradezco, de corazón, tus bellas enseñanzas. Me encanta descubrir tus propios sentimientos. Te había observado muchas veces caminando, hablando, incluso llorando, pero nunca te había observado “gritando”. Y, sin embargo, yo necesito que me grites de vez en cuando, que sacuda


LAS DOMINICAS DE LERMA TE RETAN...

Hoy el reto del amor es hacer el viacrucis y empezar mirando a la Cruz y darle gracias porque hay esperanza

 

Hola, buenos días, hoy Leti nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.

GRACIAS SEÑOR PORQUE HAY ESPERANZA

Hoy es viernes de Cuaresma, en la iglesia y en el monasterio es un día para contemplar de una manera más profunda la pasión de Jesús, y toda la liturgia está enfocada en ello, la Eucaristía también. Hay un silencio más profundo, no hay recreos… El ayuno es más riguroso. Porque todo ayuda para mirar solo a Jesús.

Los viernes a las siete de la tarde tenemos el viacrucis, toda la comunidad nos reunimos en la capilla para hacerle juntas. Siempre que empezamos yo le digo esta frase al Señor: “Gracias, Señor, porque hay esperanza”. Sí, le doy gracias porque podemos mirar a Cristo, Su pasión, Su dolor, pero con la esperanza de que este dolor y sufrimiento no tienen la última palabra.

Cuántas veces vivimos situaciones donde el dolor o el sufrimiento nos roban la esperanza: enfermedades, muertes, traiciones, separaciones… Y solo vemos lo inmediato, que es el dolor que estamos viviendo. Esto les pasó a todos los que estaban junto a Jesús, en cuestión de unos días su vida cambió radicalmente, de tener al Maestro a ya no tenerlo, y haber vivido un tsunami de sufrimiento.

Pero San Pablo nos dice: “La esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”. Y esta es nuestra certeza, que Dios nos ama y ha entregado a su Hijo por ti para que tú puedas tener vida. No dejes que nada ni nadie te robe la esperanza, ya sé que el dolor nos bloquea, nos derrumba, nos paraliza. Pero pon tu mirada en Cristo, pídele que tu esperanza no decaiga, que puedas esperar en Cristo, que llegará la resurrección. Por dentro de nosotros está su semilla de vida, que nos alienta a esperar unos cielos nuevos y una tierra nueva.

Hoy el reto del amor es hacer el viacrucis y empezar mirando a la Cruz y darle gracias porque hay esperanza.

VIVE DE CRISTO

¡Feliz día!

IMAGEN Y FE

Pajares, Mañana, Eragny,

Pintura de Camille Pissarro (1830-1903),

Pintado en 1899,

Óleo sobre lienzo

Museo Metropolitano de Arte de Nueva York

Reflexión sobre el cuadro

A veces pensamos que sabemos más de lo que realmente sabemos. No siempre somos lo suficientemente humildes en nuestro conocimiento. Lo que entendemos es sólo una pequeña fracción de lo que realmente podemos saber. Esto es cierto de cada persona que conocemos y de cada situación con la que nos encontramos. Todos estamos limitados en nuestro conocimiento. Sólo vemos una parte, nunca el todo. Y esto es aún más cierto cuando se trata de cuestiones de fe. Como admite bellamente San Pablo en su Primera Carta a los Corintios: “Ahora sólo conozco en parte”. La fe exige, pues, humildad: una profunda conciencia de que siempre hay más por descubrir, más por comprender, más por conocer... y más por recibir.

En el Evangelio de hoy, los habitantes de Jerusalén dicen confiadamente de Jesús: “Sabemos de dónde viene este hombre”. Suponen que le entienden porque saben que viene de Nazaret. Una visión muy estrecha del conocimiento. Sin embargo, su certeza les ciega ante una verdad más profunda. Jesús les revela con delicadeza que su verdadero origen está en otra parte: “No he venido por mi cuenta; hay Uno que me ha enviado”. En otras palabras, aunque la gente cree conocer a Jesús, se han perdido la parte más importante de la historia. Y tal vez esa sea la lección silenciosa para nosotros hoy: cuando se trata de Cristo, siempre somos discípulos, siempre aprendemos, siempre buscamos. Siempre hay más profundidad en su misterio, más belleza por descubrir.

Se cuenta la historia de Tomás de Aquino, uno de nuestros más grandes teólogos. Su obra maestra, la Suma Teológica, es una de las obras de teología más importantes jamás escritas, un intento vasto y cuidadosamente estructurado de explicar los misterios de la fe utilizando tanto las Escrituras como la razón. Sin embargo, hacia el final de su vida ocurrió algo extraordinario. El 6 de diciembre de 1273, mientras celebraba misa, el Aquinate tuvo una profunda experiencia espiritual durante la oración. A partir de ese momento, dejó de escribir. Cuando su secretario Reginaldo de Piperno le instó a seguir trabajando en la Suma, Aquino respondió con estas palabras: “No puedo escribir más. Todo lo que he escrito parece paja comparado con lo que he visto y lo que se me ha revelado.” El hombre que había escrito algunas de las teologías más brillantes de la historia cristiana se dio cuenta de repente de lo pequeñas que son las palabras humanas ante el misterio de Dios. El Aquinate no rechazaba su obra, sino que reconocía que, por mucho que aprendamos sobre Dios, la realidad de Dios siempre será infinitamente mayor que nuestra comprensión. La verdadera sabiduría, por tanto, siempre va acompañada de humildad y asombro.

Por hoy, un sencillo y hermoso cuadro de Camille Pisarro, de 1899, sobre montones de paja o heno.

La vida, un don inviolable

El Evangelio  nos pone delante la curación del ciego de nacimiento. Jesús se detiene, toca su herida y la transforma: unos ojos que nunca habían visto se abren, y con ellos se abre un mundo. No es solo un milagro de oftalmología; es una conversión de la mirada. El evangelista advierte que la peor ceguera no está en la retina, sino en el corazón que se cierra a la verdad y a la vida.

En este horizonte, el 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación, celebraremos la Jornada por la Vida, que nos invita a mirar, custodiar y promover el don de cada vida y su dignidad, desde la concepción hasta la muerte natural.

Además de los criterios éticos y morales propios de la propuesta católica de cultura de la vida, para acercarnos con respeto a un tema delicado (a menudo condicionado por intereses económicos o de ingeniería social), aporta luz escuchar las experiencias de mujeres, familias y profesionales sanitarios, y seguir las aportaciones de la ciencia.

Por eso decimos que defender la dignidad del no nacido no se opone a defender la dignidad, la salud y los derechos de la mujer. La biomedicina (embriología, inmunología del embarazo, epigenética y neonatología) confirma que el embrión humano es un organismo humano en fase temprana, distinto de la madre, con unidad e integración propias desde la fecundación. Categorías jurídicas como “persona” o umbrales clínicos como la “viabilidad” pueden variar; la realidad biológica del sujeto en desarrollo, no.

Mi palabra no pretende juzgar ni imponer visiones. Al contrario: queremos acoger con empatía las realidades de las mujeres que hayan vivido la experiencia del aborto, natural o voluntario, y, aunque no es lo mismo, también el duelo perinatal de mujeres y familias. En la diócesis, nos ponemos a vuestra disposición.

Como cristianos, defendemos el derecho a nacer y a vivir dignamente multiplicando apoyos concretos para que madre e hijo sean protegidos. ¿Cómo? Con proximidad, recursos y verdad. Donde hay miedo, pongamos proximidad; donde hay precariedad, recursos; donde hay confusión o debate, argumentarios y búsqueda de la verdad; y, siempre, ternura. El ideal evangélico es alto, pero no es inhumano: humaniza.

LIJAR LA MADERA

Un anciano carpintero trabajaba cada mañana en silencio. Un día, su aprendiz, cansado de lijar la misma tabla una y otra vez, le preguntó: “¿Por qué tanto esfuerzo si nadie verá esta parte del mueble?”. El maestro sonrió y respondió: “Porque la madera sí lo sabe. Y yo también”.

La Cuaresma es ese taller escondido donde Dios trabaja las partes que nadie ve. No es un tiempo para aparentar, sino para lijar el orgullo, ajustar las bisagras del corazón, enderezar las grietas del rencor. A veces quisiéramos resultados rápidos; sentirnos santos en una semana, haber perdonado en un día, dejar atrás viejos hábitos sin dolor. Pero el alma, como la madera, necesita paciencia y constancia.

Ayunar no es solo dejar de comer, es aprender a reconocer de qué dependemos. Orar no es repetir palabras, es permitir que Dios entre en el polvo de nuestros pensamientos. Dar limosna no es dar lo que sobra, es dejar que el amor nos cuestione. La Cuaresma nos confronta con lo que somos cuando nadie nos aplaude. El mundo nos enseña a mostrar la superficie brillante. Cristo, en cambio, nos invita al trabajo interior. Él no vino a maquillar la vida, sino a transformarla desde dentro. En el Evangelio escuchamos; “Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,4). Ese “secreto” es el lugar donde se decide todo.

Tal vez este tiempo santo no necesite grandes gestos, sino pequeños actos fieles: un perdón sincero, una reconciliación pendiente, un silencio ofrecido, una oración que brota en medio del cansancio. Que esta Cuaresma sea el taller donde Dios, con manos pacientes, nos modele. Y cuando llegue la Pascua, no solo brillará la superficie, sino que todo nuestro ser habrá sido renovado desde lo más profundo.


A pesar de los tropezones, ¡no has fallado en tu Cuaresma!

Esto te animará.

Hay algo que se repite cada año, y que puede llevarnos a sentir que no logramos dar lo mejor… Comenzamos la Cuaresma con entusiasmo. Hacemos una lista clara: voy a dejar esto, voy a rezar más, voy a ofrecer sacrificios concretos, voy a cambiar tal actitud. Y luego pasan los días… y fallamos.

Un día no rezamos. Otro día rompemos el ayuno. Perdemos la paciencia. Nos distraemos. Y aparece una sensación incómoda: “Estoy haciendo mal la Cuaresma.”

Quiero decirte algo con mucha paz: tal vez no estás fracasando. Tal vez estás siendo educado.

En la vida espiritual, Dios no trabaja como un entrenador que solo mide rendimiento. Trabaja como Padre.

A veces comenzamos la Cuaresma con un plan muy claro… pero ese plan está más centrado en nuestra fuerza que en la gracia. Queremos cumplir, lograr, demostrar constancia. Sin darnos cuenta, podemos convertir la Cuaresma en un pequeño proyecto de auto-mejoramiento.

Y entonces fallamos. Y ese fallo duele.

Pero ese dolor puede ser medicina. Porque nos recuerda que no nos salvamos solos.

La tradición espiritual siempre ha insistido en que la humildad es la base de toda conversión auténtica. No es casual que tantas veces el crecimiento comience cuando descubrimos nuestra fragilidad.

A veces el mayor fruto de la Cuaresma no es cumplir perfectamente el propósito, sino descubrir cuánto necesito a Dios.

Tal vez tu “fracaso” está desarmando tu orgullo espiritual. Y eso es un regalo.

Aquí quiero plantearte una pregunta incómoda, pero fecunda:

¿Estás fallando en lo que tú querías lograr… o en lo que Dios realmente te está pidiendo?

A veces diseñamos una Cuaresma exigente porque eso nos da sensación de control. Pero Dios puede estar queriendo otra cosa. Quizás tú querías hacer un ayuno muy fuerte, pero Dios quiere enseñarte paciencia con tu familia.

Quizás querías rezar una hora diaria, pero Dios quiere que aprendas a ofrecerle diez minutos fieles y humildes. Quizás te propusiste dejar algo externo, pero Él quiere que trabajes una herida interior.

La vida espiritual no es cumplir un programa; es responder a una relación. Y en una relación, lo importante no es impresionar, sino amar.

Hay una trampa frecuente en la vida espiritual: pensar que lo grande vale más que lo pequeño. Pero el Evangelio no funciona así. Dios no mide cantidad, mide amor.

Si sientes que no puedes sostener el propósito grande que hiciste, no abandones todo. Ajusta. Simplifica. Reduce. Haz lo mínimo… pero hazlo con fidelidad.

Si prometiste rezar una hora y no puedes sostenerlo, comienza con quince minutos bien hechos. Si tu ayuno se rompió, no te castigues con culpa estéril. Retoma con serenidad.

Si fallaste varios días, no digas “ya arruiné la Cuaresma”. Hoy vuelve a empezar. La perseverancia humilde vale más que el entusiasmo heroico que dura tres días.

“Otros sí pueden.”
“Yo siempre abandono.”
“Soy inconstante.”

Pero la Cuaresma no es un examen donde aprueban los más disciplinados. Es un camino personal de conversión.

Y la conversión no es lineal. A veces lo que más santifica no es cumplir el propósito, sino levantarse después de caer. La paciencia contigo mismo puede ser más transformadora que el sacrificio que imaginaste.

Si sientes que necesitas recomenzar con algo más realista, aquí te propongo caminos sencillos y profundos:

REFLEXIONES DESDE LA OSCURIDAD

La vida acaba en un túnel que nos conduce a la muerte/Vida. A veces, la enfermedad o un accidente, nos colocan en la entrada de ese túnel. No vemos nada. Quienes han dado algún paso hacia su interior, y han vuelto, nos hablan de una sensación de bienestar, de un resplandor, del deseo de avanzar por el túnel, en lugar de retroceder… Son las experiencias cercanas a la muerte (ECM)

Hay otras experiencias que nos llevan a hacernos preguntas muy importantes y necesarias. Por ejemplo: ¿qué preguntas nos hacemos, en la puerta de una UCI, o en un hospital, cuando nos avisan de que una persona muy querida ya no tiene curación y fallecerá pronto?

¿Y qué preguntas nos hacemos cuando ciertas enfermedades, o la edad avanzada, nos hacen caer en la cuenta de que la muerte ya viene a nuestro encuentro? En esos momentos ¿nos sostienen las palabras: “Todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”?

Hemos oído cientos de veces esta frase, pero ¿es un antídoto contra el miedo, cuando realmente la muerte está cerca? ¿En qué creemos, respecto a la muerte y a la Vida? ¿En qué tiempos y espacios recogemos la sabiduría que nos ofrece la “hermana muerte”, nuestra compañera de camino?

El evangelio de hoy nos invita también a ampliar la mirada sobre la Iglesia y la sociedad.

La muerte está segando la vida de miles de personas. ¿Por qué? porque otras personas están cegadas y enloquecidas por el deseo insaciable de poseer territorios, petróleo, criptomonedas, tierras raras, dinero, armas y poder, mucho poder.

Se está destruyendo la vida en todas sus formas y dimensiones: biológica, emocional, cultural, económica, ecológica, política, espiritual, interreligiosa, etc. Todas ellas de un valor incalculable.

Y, al mismo tiempo, se hiere de muerte la fe viva, porque el clericalismo sigue, como Lázaro, envuelto en un sudario; vive en un sepulcro, en una zona de confort y de poder, del que no quiere salir, aunque ya hace mucho tiempo que “huele a muerto”.

Fuera del sepulcro, multitud de personas sigue buscando la Vida, hasta el punto de caer en manos de sectas destructivas. Pero los intentos de mover la losa del sepulcro (por ejemplo, a través de la sinodalidad) son inútiles, porque esa piedra está muy bien sujeta desde dentro.

Ojalá el evangelio de hoy nos invite a cada uno y a cada una, y a la Iglesia como institución a “salir” de nuestros sepulcros, quitarnos las vendas que nos paralizan y dar pasos eficaces de sororidad y fraternidad, para seguir construyendo una sociedad en paz, plural y justa.

Nadie veremos a ninguna persona que haya muerto hace cuatro días volver a la vida. Ojalá veamos que otras formas de muerte van siendo vencidas por la vida. Y ojalá sigamos contribuyendo a hacerlo realidad cada día.


JESÚS SE ECHÓ A LLORAR

A veces las páginas del evangelio nos ofrecen datos que nos dejan sorprendidos. Si nos fijamos en ellos pueden darnos un perfil nuevo de la persona de Jesús.

Dice el evangelio de este próximo domingo que Jesús, ante la tumba de Lázaro, SE ECHÓ A LLORAR. No debemos exagerar el componente histórico de este construido relato joánico puesto que el autor apunta a asuntos espirituales (Jesús como resurrección del creyente en el hoy de su caminar histórico). Pero es el único pasaje del evangelio donde se ve a Jesús llorar ante la muerte de otra persona. No estamos acostumbrados a ver a un Jesús divino, hijo de Dios, que llora. Pero el texto indica que el caminar creyente de Jesús ha estado amasado en lágrimas de humanidad.

Si se nos dice que nuestra fe también ha de estar amasada en lágrimas no sabríamos decir a qué se refiere eso. Una fe fría, dogmática, de ideas, es empobrecedora y termina cayendo en la rutina religiosa. Una fe que se conmueve por las situaciones ajenas es la que hace suyos, de algún modo, los sufrimientos del otro. Dice el filósofo, y es cierto, que la respuesta que damos al sufrimiento del otro nos hace sujetos morales, dice qué clase de persona somos.

Por eso nos preguntamos: ¿cómo vivir una fe con lágrimas? ¿Por qué un creyente de hoy habría de llorar?

  • Por la azarosa situación mundial de hoy: donde impera la ley del oeste, en la que ha sido dinamitadas las reglas de la convivencia entre las naciones por el abuso de la fuerza de un país que se dice cristiano. Ya vemos que esto tiene gravísimas consecuencias. Nuestro llanto está más que justificado.

  • Por la persistencia de la pobreza:porque tenemos medios para erradicar el hambre y la pobreza. Los países ricos, entre los que nos contamos, no se deciden a actuar. Mientras tanto, los humillados de la tierra siguen sufriendo y muriendo en silencio. ¿Hasta cuándo?

  • Por el cataclismo de los abusos sexuales en la Iglesia católica:porque sigue manando esa fuente de inmenso dolor. Porque quizá con nuestro silencio y nuestro mirar para otro lado estamos revictimizando a los que sufrieron.

Dice el libro del Eclesiastés 4,1: “He visto cosas horribles en mi vida. La peor de todas, las lágrimas de los pobres que nadie consuela”. Estamos llamados no solamente a no contribuir al aumento de ese caudal, sino a enjugar las lágrimas de quien más sufre. Todos podemos hacer algo: escuchar, acompañar, ayudar. Una fe que no llora ante la debilidad humana no puede ser la fe de Jesús.

Dice dos veces el relato joánico que Jesús “se conmovió en su interior”. Es una conmoción provocada por la dureza del entorno en aceptar que Jesús es camino de vida ya en el hoy de esta historia. Estamos a las puertas de la Semana Santa, tiempo específico para contemplar el “llanto” de un Jesús que se entrega a nosotros. Habríamos de vivir la fe en “estado de conmoción”, dispuestos a acoger el llanto de Jesús para ser más sensibles al llanto de los otros. Si no, ¿no corremos el riesgo de una celebración superficial?

EL PERSONAJE MUERE; LO QUE SOMOS VIVE

Es claro que todo lo que aparece, en algún momento desaparecerá. Todo lo que nace, muere. Una de las trampas en que solemos caer los seres humanos es la de otorgar valor absoluto a lo que es impermanente. Por eso sufrimos cuando se desmorona o evapora algo a lo que nos habíamos apegado. Pero la ley que rige el mundo de las formas es taxativa: toda forma es impermanente. Y todo lo impermanente, antes o después, terminará desapareciendo.

Tal constatación nos lleva a preguntarnos: ¿qué es lo único que permanece en ese mundo de cambios constantes? Y la respuesta solo puede ser una: permanece aquello que trasciende el mundo de las formas. Lo único que no muere es aquello que nunca nació.

A eso se refieren todas las tradiciones sapienciales cuando hablan de trascender la muerte, aunque hayan utilizado “mapas” diferentes para expresarlo: inmortalidad, reencarnación, resurrección… Esto son solo mapas. Lo importante es aquello a lo que apuntan: hay en nosotros “algo” que trasciende las formas y, por tanto, la impermanencia. Hay en nosotros “algo” no nacido. Y eso es lo único realmente real, nuestra identidad profunda, más allá de la personalidad histórica.

Esas mismas tradiciones se han referido a ese “algo” con expresiones distintas. De modos diferentes, han dicho que “solo hay Ser”. Y que todo lo que aparece no es sino manifestación de ese Ser único. Por lo que, lo que somos es uno con todo lo que es. Eso que es -eso que somos- es lo único no nacido; es, por tanto, lo único que no muere.

Y eso que somos se nos revela en el silencio de la mente, porque es aquello que queda cuando el pensamiento se calla.


SENTIDO, FELICIDAD, HUMANIDAD

«Yo soy la resurrección y la vida»

Tras el signo del Agua (la samaritana) y el signo de la Luz (el ciego de nacimiento), Juan nos ofrece el próximo domingo, el tercero de sus tres grandes signos, la Vida (Lázaro)… Todo ello muy elevado, muy docto, muy inaccesible para la gente, y por eso, quizá sea ésta una buena ocasión bajar de la estratosfera de Juan y preguntarnos por el sentido de nuestra vida, ya que ésa es la pregunta clave para caminar por ella: ¿Hemos sido arrojados al mundo sin referencias ni finalidad alguna… o nuestra vida tiene sentido?

Tradicionalmente, el ser humano ha buscado el sentido de su vida en Dios. Quien practica una religión sostiene que tenemos un destino marcado por Dios, y desde esta óptica se puede afirmar que la religión es un cauce para encontrar en Dios el sentido de la vida. Pero la cultura actual ignora a Dios, convierte la esperanza de encontrar más vida después de la muerte en superstición, en refugio de los débiles incapaces de aceptar la realidad, y esta nueva forma de concebir las cosas invita a unos a pasar por la vida sin preguntarse siquiera qué pintan en este mundo, mientras que a los más inquietos les mueve a buscar algún sentido a su existencia fuera de Dios.

El reto de dar un sentido profundo a una vida sin Dios y con muerte no es trivial, y el principal obstáculo es la propia muerte convertida así en lo más terrible, lo más absurdo… en el fracaso definitivo. Pero a pesar de esa dificultad, sabemos que hay personas capaces de hallarlo (y a lo largo de la vida nos hemos encontrado con muchas de ellas), pero tenemos la impresión de que una gran mayoría de mortales es incapaz de hacerlo y que su única salida es banalizar su existencia; sobrenadar la vida sin osar sumergirse de lleno en ella.

En cualquier caso, la pregunta es: ¿dónde buscar? ¿en Dios… fuera de Dios?...

La respuesta está en un hecho evidente, y es que hay personas que buscan el sentido de su vida en Dios y fracasan, y las hay que lo buscan fuera de Dios y también fracasan. Y esto nos lleva a formular una conclusión clara: Si convenimos que la esencia de lo humano es la “humanidad” (entendida ésta como esa actitud que nos mueve a identificarnos con los que sufren y comprometernos con ellos), la única forma de dar sentido a la vida será a través de su práctica. Y esto puede ser independiente de las creencias o increencias de cada uno, pues cualquier actitud vital que crea humanidad es portadora de sentido, y cualquiera otra que no lo haga provocará un vacío imposible de llenar con actividades mundanas o con prácticas religiosas.

Entonces ¿cuál es la diferencia?... Pues la diferencia está en que la capacidad de la religión para motivar a comportamientos humanitarios es muy superior a la del mundo. De hecho, la praxis de Jesús se asienta en el amor fraterno; en la humanidad, y entre sus seguidores encontramos esa enorme y bienintencionada multitud de gente que ha construido lo mejor del género humano.

Termino. Debo confesar que no entiendo a Juan cuando dice que Jesús es la “resurrección y la vida”. Prefiero pensar que Jesús es “el que da sentido a mi vida”.

El dios guardabosques

Nadie piensa que el guardabosques sea alguien malo, tampoco que sea un vago ni que deje sus obligaciones a medio hacer. Ama la naturaleza, eso nadie lo duda, se pasea por ella día y noche, y conoce a la perfección cada rincón, porque parte del mérito de que continúe existiendo es de su trabajo y su honradez.

Sin embargo, la tarea del guardabosques puede ser poco imaginativa, porque el éxito de su trabajo radica en que todo siga igual. La naturaleza tiene su ciclo, que se repite primavera tras primavera con pocas variaciones. El objetivo es trabajar para que nada cambie.

Es reticente a la novedad, porque sabe que su bosque se diferencia por unas determinadas especies de árboles y de animales, y la presencia de nuevas especies sería un cambio impredecible y a evitar por todos los medios. A veces no recuerda que los bosques necesitan relacionarse con otros bosques para evitar la endogamia y enriquecerse mutuamente.

Trabaja con esmero, haya nieve o sequía, pero su amor al bosque le lleva a pensar que el suyo es el mejor. Sabe que su bosque es famoso por algunas especies y por un paisaje que ninguna región del mundo tiene y que otros no podrían conservar. Por eso se encarga de cuidar de determinados árboles y animales más que de otros, pero se olvida de que en la naturaleza cada ser vivo, por pequeño que sea, cumple su función.

Este espíritu de conservación hace que el guardabosques desconfíe del hombre. Asume por experiencia que las causas de la contaminación, los incendios y extinción de especies no suelen venir de la naturaleza. Es el género humano el que trae casi todos los males al bosque. Con el objetivo de evitar males mayores, pone trabas al hombre para que no pueda entrar en el bosque y con ello salvaguarda la naturaleza, pero impide a los excursionistas pasear y a los scouts tocar la guitarra bajo la luna en verano.

Cada mañana, nuestro personaje se levanta y contempla la Creación y recuerda con cierta nostalgia su infancia, cuando el bosque era un lugar mucho mejor: más puro, con más animales y menos humanos. Pero me resisto a pensar que Dios no sepa acoger la novedad, que quiera a unos más que otros y, sobre todo, que no siga confiando en el hombre. Me niego a pensar que Dios −y con él los guardabosques− solo ponga la mirada en el pasado y que no vea el futuro con ilusión y buenas dosis de esperanza.


El miedo al para siempre

Es verdad que el seguimiento –como casi todo en la vida– nos lo jugamos en las pequeñas decisiones. Pero también en las grandes. También es cierto que, por lo general, muchas de estas decisiones pueden ser revocadas de alguna manera, como el decidir de qué color vestir o qué quieres estudiar. Pero si se observa con atención, todos nos enfrentamos inevitablemente a decisiones irreversibles porque uno puede vivir su vida una sola vez, y esa oportunidad que se tuvo en aquel momento ya no se dará nunca más. De alguna manera no podemos vivir sin tomar decisiones irreversibles, irrevocables y definitivas. Y, como no se puede, hay que tener el valor de atreverse a tomarlas aunque nos aterren o no se vea tan claramente el pico de la montaña que se quiere escalar, y aunque no se sepa con certeza si se tienen las fuerzas suficientes para llegar hasta él. Sin duda, esto pide coraje y un punto de audacia.

Una serie española de finales de los noventa se llamaba Nada es para siempre, y ya ponía de relieve que, para los jóvenes hoy, uno de los grandes obstáculos para realizar la vida es el miedo al «para siempre», a lo irrevocable, a lo perpetuo. Esa indecisión ante elegir que nace del aspirar a una certeza del ciento por ciento. La obsesión –a veces hasta enfermiza– por la seguridad que, disfrazada de prudencia, termina por ser paralizante. Sobre todo ocurre ante las decisiones que no tienen vuelta de hoja o la tienen muy dolorosa. De ahí que acabe venciendo la tendencia a lo provisional, a lo que nos compromete pero «no del todo», a lo que nos obliga pero solo «en tanto en cuanto», a la opción por el «mientras dure». Triunfa el no acabar de apostar por nada o, si no hay más remedio que hacerlo, se rodea de reservas, de condicionamientos, de «ya veremos cómo van las cosas».

Ocurre en todos los terrenos. En el ámbito del matrimonio, por ejemplo, creo que lo más triste no es que se hiciese una ley que permita el divorcio, ni que sigan aumentando sus cifras (quizás hasta habría que dar gracias de que haya personas que no tengan que pasar el resto de sus vidas condenadas al sufrimiento) sino que ya impera la mentalidad del matrimonio provisional, de prueba, de «mientras esté yo a gusto». Total, un amor «mientras dure» que, siendo un absoluto engaño entre dos, es tomado como lo más «civilizado» y «moderno».
En el ámbito de la vida consagrada incide con fuerza. Para mis compañeros mayores aquellos votos perpetuos eran incuestionables, y a nadie se le pasaba por la cabeza dejar de ser aquello que prometieron ser, pues lo habían elegido libremente. Por supuesto que saben –y sabían– que hay quienes fracasaban y acababan subiendo otros picos (tomando la imagen del principio), pero eso no tenía que ver con ellos sino que era, cuando más, como un accidente de tráfico, en el que no se piensa cuando se empieza un viaje y que, en todo caso, no se prevé como una opción voluntaria.

Por eso –y quizás es que me estoy haciendo mayor– asusta cuando escuchas a jóvenes acercarse a la vida consagrada –o a cualquier opción serie en la vida– «por unos años», o «por el tiempo que las cosas vayan bien» contando con que luego pueden regresar a sus vida o tareas de antes. Sé que lo que sigue tiene un punto de políticamente incorrecto. También sé que Dios no deja a nadie tirado y que cuando una opción de vida –por las razones que sean– fracasa, Él va allí donde uno está y le regala nuevos caminos por lo que transitar y descubrir nuevas sendas de felicidad. Pero sigo pensando que Dios tiene un sueño para cada uno, que es para siempre y que, aunque una primera opción fracase y Dios regale nuevas oportunidades donde ser feliz, no quiere decir que no soñase lo primero ni que haya cambiado de opinión.

Cuando Mercedes Sosa cantaba «todo cambia» acababa diciendo que todo no, que el amor permanece. Y es que, en su propia entraña, el amor verdadero esconde una dinámica que apunta a lo eterno. Por eso, me parece a mí, que el matrimonio, la vida consagrada, el sacerdocio y todo estado de vida serio, o apunta al «para siempre» o no es ni matrimonio, ni vida consagrada, ni sacerdocio… Que si la entrega al cónyuge, a Cristo, a la Iglesia, o a un colectivo humano, es una entrega de amor, no caben planes mensuales o anuales. Claro que uno pueda fracasar y equivocarse, pero ¿hay mayor fracaso y error que amar con condiciones o límites temporales? Sería como lanzarse a nadar a la piscina con los brazos atados por una maraña de condicionamientos.

Y, me repito, lo peor es creerse el engaño de que esto es más inteligente, más civilizado o más realista. Así uno se autoconvence que es mejor embarcarse hoy en la expedición hacia el pico de hoy, y mañana ya pensará en qué otra expedición y hacia qué pico lo hace. ¿Con qué argumento? Pues que todo es relativo, comenzando por uno mismo. Porque yo sé cómo soy y cómo me siento hoy, pero no sé cómo me sentiré mañana. Y si cambian mis ideas, si cambia mi estado de humor, si cambian mis sentimientos… ¿por qué comprometerlo todo a una carta cuando el juego de mañana no sé cómo se presentará? Es verdad que en la vida hay muchas cosas relativas. También otras en las que hasta será bueno cambiar en el futuro, cuando se vean con mayor luz. Pero también hay cosas en las que permanecer. Porque el amor lo pide y porque relativizarlo todo es un modo de no llegar nunca a vivir.

Probablemente estas apuestas «para siempre» serán pocas y en pocos ámbitos de la vida, pero creo que todas tienen dos cosas en común: que se dan en el terreno del amor, y que piden jugárselo todo a una carta. Precisamente por eso, porque o son totales y «para siempre» o no son. Así de sencillo: si no son totales es que no existen. Todo amor con condiciones o límites temporales es un amor podrido. Un amor «para siempre» puede fracasar, pero un amor con fecha de caducidad no es que ya haya nacido fracasado, es que de amor no tiene nada.

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