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LA PALABRA DE CADA DÍA

13 de mayo de 2026

“Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa”

1.- Oración introductoria.

Señor, necesito que me des el don supremo del Espíritu, ese que nos dejaste, en el momento de tu muerte, cuando tenías el corazón roto. Sin ese Espíritu yo no puedo conocerte, ni descubrir tus palabras en profundidad. ¡Qué mal te conocieron los discípulos durante tu vida mortal! Vivían contigo, comían a tu lado, te escuchaban, pero vivían en una misteriosa lejanía. Cuando te conocieron de verdad fue en Pentecostés. Que hoy sea un pequeño pentecostés para mí.

2.- Lectura reposada del evangelio.

De santo Evangelio según san Juan 16, 12-15

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión

Cristo se va de la vida sabiendo que todavía le quedan muchas cosas que decir.  Cuando nosotros vemos por primera vez el mar nos quedamos sorprendidos y hasta satisfechos. Y llegamos al pueblo y decimos: ¡He visto el mar! Y, en realidad, sólo hemos hecho asomarnos un poquito al mar. Dios es un mar inmenso que nunca lo podemos abarcar. Y tiene que ser el Espíritu Santo el que nos lance “mar adentro” para conocer nuevos aspectos de Dios. Ante un Dios tan grande y maravilloso sólo cabe la admiración, el asombro, la sorpresa.   Dios concedió a Job la gracia de hacer un viaje con Él, descubriéndole las maravillas de la creación. Al final, Job quedó sorprendido y exclamó: “Hasta ahora sólo te conocía de oídas; pero ahora te han visto mis ojos» (Job. 42,5). Nosotros tenemos más suerte que Job. Dios mismo, a través de su Espíritu, nos invita cada día a realizar el viaje más fantástico: Un viaje hacia el mismo corazón de Dios donde reposa la verdad completa, el amor en plenitud.  “Sólo el Espíritu de Dios conoce lo íntimo de Dios” (I Cor. 2,11). Por eso debemos estar siempre abiertos a la novedad de Dios.

Se habla de las tres religiones del Libro: El Cristianismo, el Judaísmo y el Islán. En realidad no puede haber religiones del libro porque Dios no cabe en ningún libro. “Muchas cosas quedan por decir”. La Biblia es un punto de partida y nunca de llegada. Sólo el Espíritu Santo puede llevarnos a la “verdad completa”.

Palabra del Papa

“Tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada”. (Homilía de Pentecostés. (19-mayo-2013) Papa Francisco).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra meditada. (Guardo silencio)

5.- Propósito: En un momento del día, me retiro, respiro en profundidad y digo: lléname, Señor, de tu Espíritu.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, antes de acabar esta oración, quiero darte gracias por el don del Espíritu Santo. Sin su presencia, mi vida sería superficial, rutinaria, mediocre. Pero con la presencia de tu Espíritu, mi vida se llena de sentido, descubro el significado de tus palabras, de tus gestos, y puedo vivir con ilusión y con esperanza. Con Él puedo decir: ¡Esto no ha hecho más que empezar! Gracias, Señor, por este supremo don del Espíritu Santo.


Hoy el reto del amor es dar gracias al Señor y a la Virgen por estos 14 años y pedirle que nos siga dando el don de la fidelidad

Hola, buenos días, hoy Leti nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.

¡ESTAMOS DE ANIVERSARIO!

¡Estamos de aniversario¡ Sí, has leído bien: estamos de fiesta. Hoy, el día de la Virgen de Fátima, hace 14 años que empezamos a escribir el reto.

Lo primero que brota de mí es una acción de gracias inmensa al Señor por este gran regalo que nos ha hecho: poder anunciar, día tras día, el amor que Cristo nos tiene.

Porque el reto solo tiene una finalidad: decirte que Cristo te ama y que, con ese amor, ahora tú tienes que amar a los que te rodean. Eso es un Reto de Amor: todo lo recibo de Cristo y todo lo doy. Jesús nos dice: “Dad gratis lo que habéis recibido gratis”.

Seguro que te preguntas cómo hemos vivido este tiempo, porque perseverar un día tras otro no es fácil. Es un don que el Señor nos da, pero que nosotros tenemos que secundar.

Te diré que hemos pasado por distintos momentos: momentos de alegría, momentos de incertidumbre, momentos de dudas, momentos de fragilidad, momentos de cruz y de resurrección. Pero lo importante no es cómo estamos nosotros, sino que en todos los momentos estaba Cristo, tanto en los duros como en los gozosos.

Te puedo compartir alguna anécdota. Cuando estamos pasando un momento duro, el Señor nos envía algún testimonio donde nos comparten que el reto les ha sostenido en la fe, o que les ha acompañado en el momento del dolor, o que familiares se han reconciliado… Y esto nos alienta a seguir y nos llena de alegría.

Por otro lado, uno de los momentos impactantes fue cuando cogimos el Covid. Lo pasé muy mal y no podía seguir. Entonces fue una amiga íntima la que nos ayudó y se encargó de sacarlo adelante. Fue un ángel mandado por el Señor.

Quiero, en este día, dar gracias al Señor por cada uno de vosotros, que cada día leéis el reto y lo reenviáis a tantas personas. Así, juntos, hacemos que cada día se anuncie el Reino de Dios. Sin vosotros, el reto no existiría. Por ello, el Señor nos ha regalado ser una gran familia unida en Él.

Hoy el reto del amor es dar gracias al Señor y a la Virgen por estos 14 años y pedirle que nos siga dando el don de la fidelidad, para vivir de Cristo cada día de nuestras vidas.

VIVE DE CRISTO

¡Feliz día!

Nuestra Señora de Fátima,

Azulejo, azulejos de cerámica vidriada al estaño pintados y policromados,

Portugal, segunda mitad del siglo XX

© Alamy

Reflexión sobre los Azulejos

Hoy celebramos Nuestra Señora de Fátima, una de nuestras devociones marianas más queridas. En 1917, en la pequeña aldea de Fátima, en Portugal, tres niños pastores (Francisco Marto, Jacinta Marto y Lúcia dos Santos) vieron aparecérseles, encima de una encina, una hermosa señora “más brillante que el sol”. Mes tras mes, de mayo a octubre, volvía llamando al mundo a la oración, al arrepentimiento y a la conversión. Instaba a los niños a rezar el Rosario por la paz en un mundo desgarrado por la guerra y el pecado. Lo conmovedor es que estos mensajes no se confiaban a teólogos o gobernantes, sino a niños, niños sencillos y humildes que cuidaban ovejas en el campo... compartiendo un mensaje que el mundo sigue necesitando hoy.

La última aparición, el 13 de octubre de 1917, atrajo a una enorme multitud. Decenas de miles de personas se reunieron bajo una lluvia torrencial, y muchos fueron testigos de lo que se conoció como el “Milagro del Sol”: el sol parecía girar, palpitar y danzar en el cielo antes de precipitarse hacia la tierra. Tanto si se estaba cerca como lejos, aquel día ocurrió algo extraordinario. Todas las personas que lo presenciaron quedaron conmovidas y hablaron de ello durante el resto de sus vidas. Sin embargo, en el corazón de Fátima no está el espectáculo, sino la ternura: una madre simplemente llamando a sus hijos (a cada uno de nosotros) de vuelta a Dios.

Cuando se viaja por Portugal, las imágenes de Nuestra Señora de Fátima aparecen por todas partes. Ella mira silenciosa desde las esquinas de las calles, los pequeños santuarios, las fachadas de las iglesias, las casas de familia. Y muy a menudo, estas imágenes no son sólo estatuas o pinturas, sino azulejos: los hermosos azulejos de cerámica tan característicos del arte portugués. Con estos azulejos esmaltados se crean escenas enteras, como la que aquí representa a Nuestra Señora apareciéndose a los dos niños. Los azulejos se fabrican pintando diseños sobre baldosas de cerámica recubiertas de un esmalte de estaño antes de cocerlas en un horno. El esmalte les confiere una superficie luminosa y una gran durabilidad. Por eso, los azulejos centenarios pueden seguir teniendo un aspecto asombrosamente fresco, sus colores vibrantes y vivos, casi como si se hubieran hecho ayer. Hay algo muy hermoso en ello. Estas imágenes resisten a la lluvia, al calor y al paso del tiempo: .... son un testimonio silencioso de fe en el tejido mismo de la vida cotidiana de la calle.

Únete a mí en la oración de Fátima: "Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, sálvanos del fuego del infierno, conduce a todas las almas al Cielo, especialmente a las más necesitadas de Tu misericordia. Amén."

2ª parte

El Hijo

Hablar del Hijo dentro del misterio de la Santísima Trinidad es entrar en el corazón mismo de la fe cristiana. El Hijo es Jesucristo, la Palabra eterna del Padre, engendrado desde siempre y unido eternamente al Padre y al Espíritu Santo en un mismo amor y una misma divinidad. No es una criatura ni un ser inferior a Dios; es Dios verdadero, luz de luz, eternamente unido al Padre.

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Hijo eterno quiso entrar en nuestra historia humana. Se hizo hombre en el seno de María, compartiendo nuestra condición humana en todo, excepto en el pecado. En Jesús, Dios ya no es solamente una presencia invisible o lejana; Dios camina entre los hombres, habla nuestro lenguaje, conoce nuestras alegrías y también nuestras lágrimas.

Jesucristo es el rostro visible del amor invisible de Dios. En Él contemplamos la ternura del Padre, la misericordia hacia los pecadores, la compasión por los enfermos, el perdón para quienes han caído y la esperanza para quienes viven en oscuridad. Cada gesto de Jesús revela el corazón de Dios.

Cuando Jesús abraza a los niños, Dios abraza.
Cuando Jesús perdona, Dios perdona.
Cuando Jesús llora ante el sufrimiento humano, Dios muestra su cercanía.
Cuando Jesús entrega su vida en la cruz, Dios manifiesta hasta dónde llega su amor por la humanidad.

El Hijo vino al mundo no para condenar, sino para salvar. Su misión fue anunciar el Reino de Dios y abrir para todos un camino de reconciliación y vida nueva. Muchas veces el ser humano busca a Dios en medio de dudas, miedos y sufrimientos; pero en Cristo es Dios quien sale primero al encuentro del hombre.

La vida de Jesús fue una entrega constante. No buscó poder ni gloria humana. Se acercó a los pobres, a los marginados, a los enfermos y a los pecadores. Compartió la mesa con quienes eran rechazados y enseñó que nadie está excluido del amor del Padre. Su autoridad nacía del amor y del servicio.

La cruz es el signo más grande del amor del Hijo. Allí Jesús carga el dolor, el pecado y las heridas del mundo. La cruz no es derrota, sino entrega total. Cristo acepta sufrir para mostrar que el amor verdadero es capaz de darse completamente por los demás. En medio del sufrimiento extremo, sigue perdonando y confiando en el Padre.

Pero la muerte no tuvo la última palabra. El Hijo resucitó glorioso, venciendo al pecado y a la muerte. La resurrección es la esperanza del creyente. Cristo vive, y porque vive, también nosotros estamos llamados a una vida nueva. Él camina con su pueblo, sostiene a quienes sufren y fortalece a quienes luchan cada día por mantenerse fieles.

Jesús no solo vino a enseñarnos verdades sobre Dios; vino a unirnos nuevamente con Él. Gracias al Hijo, podemos llamar a Dios “Padre”. Gracias a Cristo sabemos que nuestra vida tiene sentido y que el amor es más fuerte que el odio, el pecado y la muerte.

El Hijo sigue presente hoy en la Iglesia, en la Palabra, en la oración, en la Eucaristía y en cada gesto de amor verdadero. Cada vez que alguien perdona, ayuda, acompaña o consuela, el espíritu de Cristo continúa actuando en el mundo.

Contemplar al Hijo dentro de la Santísima Trinidad es descubrir que Dios no es soledad, sino comunión perfecta de amor. El Padre ama al Hijo, el Hijo vive unido al Padre y el Espíritu Santo es el vínculo eterno de ese amor divino. Y nosotros hemos sido llamados a participar de esa vida y de ese amor.

Por eso, seguir a Jesucristo no consiste solamente en admirarlo, sino en vivir como Él vivió: con humildad, misericordia, verdad, servicio y confianza total en Dios. El Hijo nos muestra el camino hacia el Padre y nos enseña que la verdadera grandeza nace del amor entregado.

 


Cristo sigue sufriendo y resucitando en los últimos

La santidad cristiana florece, con frecuencia, en los lugares más olvidados y heridos de la humanidad. Los más pobres entre los pobres —los que no solo carecen de bienes, sino también de voz y de reconocimiento de su dignidad— ocupan un lugar especial en el corazón de Dios. Son los preferidos del Evangelio, los herederos del Reino (cf. Lc 6,20). Es en ellos donde Cristo sigue sufriendo y resucitando. Es en ellos donde la Iglesia redescubre la llamada a mostrar su realidad más auténtica.

A lo largo de la historia cristiana, la ayuda a los pobres y la lucha por sus derechos no han implicado solo a los individuos, a algunas familias, a las instituciones o a las comunidades religiosas. Han existido, y existen, varios movimientos populares, integrados por laicos y guiados por líderes populares, muchas veces bajo sospecha o incluso perseguidos... Estos líderes populares saben que la solidaridad «también es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales... La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia».

Florecer en amor

En Las mil y una noches, se cuenta la historia de un joven mercader que, sin querer, arrojó una piedra y mató al hijo de un genio. Lleno de temor, aceptó su castigo. Pero el genio, al escuchar cómo el joven había transformado su vida después del accidente, viviendo con humildad y ayudando a los necesitados, decidió perdonarlo. “Tu error”, dijo el genio, “te hizo más sabio que muchos sabios”.

Así también son nuestros errores: no cadenas, sino puertas. Cada tropiezo, si lo aceptamos con sinceridad, puede ser un maestro. Nos recuerdan nuestra fragilidad, nos invitan a cambiar, a crecer, a amar más profundamente.

Pedro, el discípulo de Jesús, también erró. Prometió lealtad, pero lo negó tres veces cuando más lo necesitaban. Y sin embargo, cuando Jesús resucita, no lo reprende. No le lanza reproches. Solo le pregunta: “¿Me amas?”. Tres veces. Una por cada negación. Jesús no ignora su error, lo transforma. Donde había vergüenza, pone amor. Donde había culpa, da una misión: “Apacienta mis ovejas”.

Esto es el corazón del camino de Jesús: un amor que no se detiene ante nuestras caídas. Un amor que ve más allá del error para abrazar la posibilidad de lo que podemos llegar a ser. Él no nos llama perfectos, nos llama suyos. Y en ese llamado, nos convierte. No temas tus errores. Llora si es necesario. Aprende. Pide perdón. Y sigue. Porque, como Pedro, puedes convertir tu mayor falla en tu mayor fuerza. Y descubrir que la gracia de Dios no se gana con méritos, sino que se recibe como un regalo inmerecido que todo lo renueva.

Así, los errores no son el fin. Son el principio de una historia más profunda: la de quien, habiendo caído, elige volver a amar. ¿Y no es ese el mayor milagro?


HACER DISCÍPULOS DE JESÚS

Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas de fuerza que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos que han de marcar a su Iglesia para cumplir fielmente su misión.

El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los ha de llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Es esto precisamente lo que han de seguir transmitiendo.

Entre los discípulos que rodean a Jesús resucitado hay «creyentes» y hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se postran». Sin duda quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión. Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús, pronto se apagaría.

Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. El Resucitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en él no vacilarán.

Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente «enseñar doctrina», no es solo «anunciar al Resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del Resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar comunidades»… pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer discípulos» de Jesús.

Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús que conozcan su mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de «todo lo mandado» por él son vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni desamparados. Ni aunque sean pocos. Ni aunque sean solo dos o tres.

Así es la comunidad cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. Él sigue vivo.


Derrotar al enemigo interior

La Segunda Guerra Mundial,  no sólo fue ocasión de innumerables horrores: también gestó grandes historias que, reales o de ficción, no dejan de interpelar. Jojo Rabbit, por ejemplo, es una poderosa metáfora espiritual desde una perspectiva inusual: la de un niño alemán y su “amigo” imaginario: Hitler. Con diversas guerras de trasfondo, sin importar cuánto nos toquen o no, una cosa cierta nos recuerda esta película: todas las batallas comienzan en el interior… allí donde son quizá más difíciles de librar.

La batalla en Jojo es contra el adoctrinamiento nazi que padeció a su corta edad y que proyecta en su “amigo” Hitler: imagen y voz distorsionadas de la realidad que bien podríamos equiparar al mal espíritu contra el que nos advierte San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales. Se trata de un “susurro” aparentemente inofensivo que siembra miedos y prejuicios… que aliena del verdadero yo y aleja de los demás. Un “susurro” derrotado en la conversación sincera, en el verdadero encuentro con el Otro y con los otros. Tal es remedio que abre los sentidos y acalla los ruidos internos que no permiten captar la realidad en su desnudez. Por eso, evitar la muerte en la historia y en el filme no es en el fondo la verdadera salvación, sino la de aprender a verse y amarse a sí mismo, a ver y a amar al mundo y a los demás.  

Historias como las de Jojo Rabbit o el final de una guerra, cuyas causas y síntomas se siguen repitiendo, recuerdan entonces también que la verdadera victoria no es la derrota de enemigos externos, sino de grandes obstáculos y sutiles voces de mal espíritu que bloquean o manipulan desde adentro (aunque amplificadas también desde afuera). La cuestión es si estamos dispuestos a combatirlas.


Conocer a Dios

Creer en Dios es un acto valioso y necesario, pero existe una dimensión más profunda: conocer a Dios. No se trata solo de aceptar su existencia, sino de vivir un encuentro real y transformador con Él. Quien ha conocido a Dios no puede permanecer igual; su vida cambia. Como dice el Evangelio: “Dejaron sus redes y lo siguieron” (Mc 1, 18). Desde siempre, el encuentro con Él transforma corazones y caminos.

No es imprescindible experimentar éxtasis o visiones como los de tantos santos. Lo fundamental es saber quién es Dios y sentir el amor que nos tiene, y estar dispuesto a decir “sí” a ese conocimiento. Conocer a Dios implica descubrirlo en la Eucaristía, en la oración y en el servicio a los demás. Solo así el conocimiento se vuelve encuentro y la fe se hace viva.

La verdadera experiencia requiere apertura y contacto con su presencia, no solo ideas o enseñanzas. Por eso, la familia y la comunidad juegan un papel importante: al transmitir la fe, nos preparan para que, más adelante, podamos encontrarnos personalmente con Él y dejar que su amor transforme nuestra vida.

La pregunta es sencilla pero profunda: ¿te has encontrado con Dios? Abrirse a ese encuentro puede cambiar todo. No hay prisa ni presión; incluso un pequeño “sí” dado con sinceridad puede generar frutos invisibles pero reales. Y si aún no estás listo, no pasa nada: la gracia sigue trabajando.

Conocer a Dios es permitir que su presencia ilumine el interior, enseñándonos a vivir con mayor amor, claridad y paz. Esa es la diferencia entre creer y realmente conocer en Dios.

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