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+LA PALABRA

12 de agosto de 2026

Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

1.- Introducción.

Señor, te doy gracias por tu gran generosidad frente a nuestra flaqueza. Tú sabías lo difícil que es para nosotros la “convivencia”. Por eso nos dejaste tu presencia a la hora de rezar juntos. “Yo estoy en medio”. Si Tú estás en medio de nosotros, nuestra oración será auténtica. No nos limitaremos a estar juntos físicamente, sino que trataremos de vivir unidos y expresar nuestra unión a través de la oración.

2.- Lectura reposada de la Palabra del Evangelio: Mateo, 18, 15-20

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. 

3.- Qué dice el texto.

Reflexión-Meditación

Hoy nos invitas a rezar en común. Si Tú estás ahí en medio de nosotros, no te podemos engañar. Rezar en común no es simplemente estar físicamente juntos en un mismo lugar y tener el corazón lejos de los hermanos. Los primeros cristianos rezaban juntos y tenían “un solo corazón y una sola alma, ponían los bienes en común, estaban alegres, no había entre ellos ninguna necesidad”. Una oración en común nos compromete a estar no sólo juntos sino unidos por dentro. Y ésta es la oración que agrada al Padre. Lo decía muy bien San Ignacio, camino del martirio. “Vosotros estáis unidos al Obispo como las cuerdas a  la lira. Este es el himno que agrada al Padre”. La Iglesia del Vaticano II ha restaurado el gesto hermoso de la paz. Se da antes de la Comunión y nos recuerda que, antes de entrar en comunión con Dios, debemos entrar en comunión con los hermanos. De lo contrario haremos una “masticación” pero no una comunión. Esto es tan importante que el mismo Señor nos dice: “Si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,  deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. (Mt 5, 23-24) El texto hila fino. No dice: si tú tienes algo contra tu hermano, sino si tu hermano tiene algo contra ti. No podemos pasar a comulgar si no hemos intentado antes reconciliarnos con el hermano.

Palabra del Papa. Francisco: Oración con los cinco dedos.

  1. El dedo pulgar es el que está más cerca de ti. Así que comienza orando por aquéllos que están más unidos a ti. Son los más fáciles de recordar. Orar por los que amamos es «una dulce tarea.»

  2. El próximo dedo es el índice: Ora por los que enseñan, instruyen y curan. Ellos necesitan apoyo y sabiduría al conducir a otros por la dirección correcta. Mantenlos en tus oraciones.

  3. El siguiente dedo es el más alto. Nos recuerda a nuestros líderes, a los gobernantes, a quienes tienen autoridad. Ellos necesitan la dirección divina.

  4. El próximo dedo es el del anillo. Sorprendentemente, éste es nuestro dedo más débil. Él nos recuerda orar por los débiles, enfermos o atormentados por problemas. Ellos necesitan tus oraciones.

  5. Y finalmente tenemos nuestro dedo pequeño, el más pequeño de todos. El meñique debería recordarte orar por ti mismo. Cuando hayas terminado de orar por los primeros cuatro grupos, tus propias necesidades aparecerán en una perspectiva correcta y estarás preparado para orar por ti mismo de una manera más efectiva.

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Si hoy tengo que llamar la atención a un hermano, lo haré con mucha humildad y mucho amor.

6.- Dios  me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, te doy gracias porque hoy he aprendido a rezar comunitariamente. Yo me creía que, por el hecho de  ir al Templo a Misa, ya tenía suficiente. Ahora sé que el ir a Misa me compromete a saludar al hermano, a perdonarle. Haz, Señor, que los que nos juntamos en un mismo templo vivamos unidos. Tú nos sales al encuentro de todos y nos dices: Vosotros habéis venido aquí para tener un solo corazón y una sola alma dentro de casa.


+Hoy el reto del amor es elaborar “recetas creativas” con tu “ingrediente” abundante

Hola, buenos días, hoy Israel nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.

RECETAS CREATIVAS

Cada mañana, sor María Jesús, que es la procuradora, sale a recolectar verduras y siempre vuelve cargada… ¡de calabacines! El resto de verduras van dándose, pero no tan prolíficamente como estos.

Uno de estos días que estaba yo de cocina, me dio calabacines para guisar, y preparé unos rollos de calabacín con bacon para comer, y después hice un pastel de calabacín para cenar. Pero lo mejor fue nuestra conversación después de la cena. Ella me compartía:

—Pues la verdad es que no sé qué hacer mañana de comer…

Se quedó pensativa y, mientras yo también pensaba en alguna cosa, saltó rápidamente:

—¿Qué te parece si hago calabacines rellenos?

Nos echamos a reír las dos, mientras ella se marchaba a por el resto de ingredientes que necesitaría para rellenar los calabacines.

Este año, en los calabacines vemos la abundancia de los dones del Señor. Me recuerda a la vez que Él multiplicó los panes y los peces… ¿Qué harían con los doce cestos de sobras? ¿Y con los peces que casi rompían las redes en las pescas milagrosas? Seguro que estos maravillosos milagros provocaron en los discípulos una gran generosidad y, a la vez, desarrollaron su creatividad.

Y así hace con nuestros dones. Nos los da en gran abundancia, pero ciertamente nuestra parte es ponerlos en marcha, recibirlos cada mañana como un don gratuito para después entregarlos, sacar la creatividad que cada uno tiene y disfrutar en ello.

A veces hasta puede ser algo abrumador, pero es que realmente el Señor nos pone en marcha. Después de su generosidad al darnos tanto, ¿cómo dejarlo desperdiciar?

Está claro que Él no entiende de medidas, porque se nos ha dado totalmente, sin medida, desde la abundancia que es propia del cielo.

Hoy el reto del amor es elaborar “recetas creativas” con tu “ingrediente” abundante. Si miras tu vida con los ojos del Señor, verás que hay algún “ingrediente”, un don, que abunda en gran medida… Tu plenitud tiene mucho que ver con aprender a entregar ese don a las personas que te pone el Señor.

VIVE DE CRISTO

¡Feliz día!

+ARTE Y FE

Devoción de la Iglesia Baja,

Pintura de Adolph Tidemand (1814-1876),

Pintado en 1848,

óleo sobre lienzo

© Museo Nacional de Arte, Arquitectura y Diseño, Oslo, Noruega

Reflexión sobre el cuadro

Jesús concluye el Evangelio de hoy con una maravillosa promesa: “Donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. A lo largo de los siglos, estas sencillas palabras nos han animado a los cristianos a reunirnos en la fe, ya sea para celebrar la misa, la adoración eucarística, un estudio bíblico, una reunión parroquial o, simplemente, para que dos amigos recen juntos. Lo importante no es el número de personas que se reúnen. El Señor no mide la fe por el número de personas. Aunque solo se reúnan dos o tres en su nombre, el propio Cristo está presente entre ellos.

En una época en la que podemos desanimarnos ante el descenso del número de feligreses o la reducción del tamaño de las parroquias, el Evangelio de hoy nos invita a mirar con otros ojos. Es fácil fijarnos en los bancos vacíos o comparar la asistencia a misa de hoy con la de generaciones anteriores. Jesús, sin embargo, dirige nuestra atención hacia otro lugar. Dondequiera que los creyentes se reúnan en su nombre, por pequeña que sea la asamblea, está ocurriendo algo extraordinario. Cristo resucitado está presente, no solo como una idea reconfortante, sino como una presencia viva y activa, que fortalece, sana y transforma silenciosamente a quienes se han reunido.

Por eso, siempre que nuestra salud y las circunstancias lo permitan, es importante reunirnos físicamente con los demás para el culto. Ver la misa por Internet es un regalo precioso para quienes no pueden salir de casa, están enfermos o no pueden desplazarse, pero nunca puede sustituir por completo el hecho de estar presentes en la comunidad de fieles. El cristianismo es una fe encarnada. Dios vino a nosotros en carne y hueso, y sigue uniéndonos como su Cuerpo. Cuando nos reunimos en torno al altar, hacemos mucho más que ocupar el mismo edificio: nos convertimos en la Iglesia reunida físicamente, permitiendo que Cristo actúe entre nosotros.

Nuestro cuadro, obra del artista noruego Adolph Tidemand, representa una reunión de oración en una casa de campo corriente. La escena muestra un encuentro de los haugianos, seguidores del predicador laico luterano Hans Nielsen Hauge (1771-1824), quien recorrió toda Noruega animando a la gente a profundizar en su fe. A principios del siglo XIX, este tipo de reuniones religiosas celebradas sin un ministro ordenado eran, de hecho, ilegales según la legislación noruega, por lo que a menudo tenían lugar en secreto en casas o graneros, en lugar de en iglesias.

Vemos a un predicador de pie sobre un sencillo taburete, con la Biblia en la mano, mientras hombres, mujeres y niños se reúnen a su alrededor con atención. Nadie domina la escena. En cambio, cada rostro cuenta su propia historia: algunos oyentes están profundamente conmovidos, otros pensativos, otros absortos en silencio en la oración y otros distraídos. Un haz de luz se cuela por la chimenea del tejado y recae sobre el predicador, simbolizando con delicadeza la luz de la Palabra de Dios que inspira sus palabras. No se trata de un cuadro sobre una gran liturgia ni sobre la magnífica arquitectura de una iglesia. Más bien, nos recuerda que Cristo está igualmente presente siempre que los creyentes se reúnen en su nombre, ya sea en una catedral o en una sencilla casa.

+LA CARTUJA DE MIRAFLORES

Historia, arte, silencio y oración

La Cartuja de Miraflores, situada a pocos kilómetros del centro de Burgos, es uno de los grandes tesoros del gótico tardío castellano. Pero no es únicamente un monumento histórico y artístico: sigue siendo un monasterio vivo, habitado por monjes cartujos que mantienen el ideal de San Bruno basado en la soledad, el silencio, la oración y la contemplación.

De palacio real a monasterio

La historia comienza en 1401, cuando el rey Enrique III de Castilla mandó levantar en Miraflores un palacio y residencia de recreo. Años después, su hijo, Juan II de Castilla, decidió darle una finalidad religiosa.

En 1442, Juan II entregó el palacio a la Orden de la Cartuja para establecer allí una comunidad monástica. Los primeros cartujos llegaron procedentes principalmente de las cartujas de Scala Dei, en Tarragona, y El Paular, cerca de Madrid.

De esta manera, aquel lugar destinado al descanso de los reyes comenzó a convertirse en espacio de silencio y búsqueda de Dios.

El incendio y la nueva Cartuja

La primera comunidad sufrió un grave contratiempo. En 1452, un incendio destruyó buena parte del antiguo edificio. Fue necesario proyectar prácticamente un monasterio nuevo.

El rey Juan II encargó el proyecto al prestigioso arquitecto Juan de Colonia, vinculado también a la Catedral de Burgos. En 1454 comenzaron las obras del nuevo conjunto. Tras la muerte del arquitecto, los trabajos pasarían por otras manos y serían continuados finalmente por Simón de Colonia, su hijo.

Juan II murió ese mismo año de 1454 y, según su voluntad, sus restos fueron trasladados posteriormente a Miraflores.

Isabel la Católica, gran protectora

La figura decisiva para que la Cartuja alcanzara su extraordinario esplendor fue la hija de Juan II, Isabel I de Castilla, Isabel la Católica.

Cuando llegó al trono, impulsó decididamente las obras y convirtió Miraflores en un lugar estrechamente vinculado a la memoria de su familia. Bajo su patrocinio se completó la iglesia y se encargaron algunas de las obras maestras que todavía hoy pueden contemplarse allí. El abovedamiento de la iglesia quedó terminado en 1488.

Miraflores se convirtió así también en panteón real.

Los sepulcros reales

Una de las grandes maravillas de la Cartuja es el sepulcro de Juan II de Castilla y su segunda esposa, Isabel de Portugal, padres de Isabel la Católica.

Fue realizado por Gil de Siloé entre finales de la década de 1480 y comienzos de la siguiente. Tallado en alabastro, constituye una de las grandes obras de la escultura funeraria del gótico europeo.

También se encuentra allí el sepulcro del infante Alfonso de Castilla, hermano de Isabel la Católica, igualmente obra de Gil de Siloé.

La delicadeza de las figuras, la riqueza ornamental y la simbología cristiana convierten estos monumentos funerarios en una auténtica catequesis esculpida en piedra.

El extraordinario retablo mayor

Otra joya excepcional es el retablo mayor, realizado entre 1496 y 1499 por Gil de Siloé y Diego de la Cruz.

Es una obra de enorme riqueza teológica y simbólica, concebida para conducir la mirada hacia el misterio de Cristo. Su compleja estructura, sus numerosas figuras y su espectacular composición convierten el presbiterio en uno de los conjuntos más sobresalientes del tardogótico castellano.

Todo el conjunto —arquitectura, sepulcros, retablo, sillerías y vidrieras— refleja la profunda unión entre fe, arte y oración característica de aquella época.

Tiempos difíciles

La Cartuja tampoco escapó a las convulsiones de la historia española.

Durante el siglo XIX padeció las consecuencias de la invasión napoleónica y posteriormente de la desamortización de Mendizábal. En 1835-1836, con la supresión de las órdenes religiosas, los cartujos tuvieron que abandonar Miraflores y sus bienes fueron desamortizados.

Durante algunos años el edificio tuvo usos muy alejados de su finalidad original e incluso algunas dependencias llegaron a utilizarse como almacén militar.

Finalmente, en 1880, los cartujos pudieron regresar. Se restableció la clausura y comenzó una nueva etapa de recuperación de la vida monástica.

Una Cartuja viva

Lo verdaderamente singular de Miraflores es que no estamos simplemente ante un museo.

Los cartujos siguen viviendo allí.

Su existencia continúa marcada por el espíritu de San Bruno: silencio, soledad, oración, trabajo, austeridad y contemplación. La mayor parte del monasterio permanece reservada a la clausura; únicamente determinadas zonas pueden ser visitadas.

El visitante contempla magníficas obras de arte, pero detrás de aquellos muros continúa desarrollándose una vida escondida.

Una vida que recuerda que también el silencio puede convertirse en palabra dirigida a Dios.

La Cartuja de Miraflores representa, por ello, mucho más que una página brillante de la historia de Castilla. Es el encuentro entre la monarquía medieval, el arte gótico y la espiritualidad cartujana; entre la piedra trabajada por grandes artistas y la oración silenciosa de generaciones de monjes.

Desde aquel palacio real de 1401 hasta nuestros días han pasado más de seis siglos. Reyes, artistas, guerras y acontecimientos políticos han ido quedando atrás. Sin embargo, permanece lo esencial: hombres retirados del ruido del mundo que continúan haciendo de Miraflores una casa de silencio, contemplación y búsqueda de Dios.

+El baño en el lago

Estaba yo de visita por primera vez en un territorio lejano, y un día que quedaba libre entre charla y charla, el amigo que me había invitado y arreglado todo el programa me propuso fuéramos a un lago, allí famoso, a nadar. Algo me sorprendió la propuesta, pero me gusta el agua, me apetecía el descanso, me agradaba la compañía y acepté.

Eran tierras tropicales, y el baño fue de lo más agradable. Después del baño compartimos un almuerzo en uno de los muchos restaurantes a la orilla del lago, charlamos y descansamos. Entonces mi amigo me dijo con una sonrisa traviesa: "¿Sabes por qué he insistido en que te bañes aquí?" - "¿¿¿???" - "Porque aquí tenemos la creencia que quien se baña en este lago, vuelve a bañarse; y nosotros queremos que vuelvas." Me reí agradecido y feliz por el cumplido, y seguimos charlando.

Avanzaba ya la tarde cuando fui yo quien propuse que nos diéramos otro baño. Él asintió encantado, y volvimos al agua. Al salir del baño fui yo también el que preguntó con una sonrisa traviesa: "¿Sabes por qué he querido bañarme otra vez?" - "¿¿¿???" - "Porque tenía que cumplir la tradición de volver ya que me había bañado una vez, y ya he vuelto. Ya he cumplido con el mandato. Ahora estoy libre."

Le expliqué. No es que quiera o no quiera volver. Es que, haga lo que haga, quiero hacerlo en libertad. No quiero sentirme obligado a volver, no quiero atarme con promesas, tradiciones u obligaciones. Si se me da bien volver, volveré con mucho gusto, pero volveré porque querré, no porque tenga que hacerlo. Ya sé que tú lo has hecho por cariño y aprecio, y me gusta tu gesto de haberme traído al lago con la buenísima intención con que lo has hecho. Ahora espero te guste también mi gesto a ti, pues lo comprendes perfectamente.

¿Adivináis el final? Al anochecer nos dimos otro baño. Fue el mejor.

+Lo que de verdad vale, no cuesta nada

Normalmente consideramos valioso aquello que cuesta dinero. El valor de las cosas, se mide por su valor de coste, por el dinero que nos piden o damos por ello.

En el domingo 18 del tiempo ordinario (ciclo A) la Palabra de Dios nos sorprende con una extraña sabiduría: lo valioso, lo verdaderamente valioso, es lo gratuito. Gratuito, no porque no vale nada, sino porque no tiene precio, porque no se puede comprar, porque quién trata de obtenerlo con dinero no ha entendido de qué se trata. “¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? ¿Y el salario en lo que no da hartura?”, pregunta el profeta Isaías. No se trata de un reproche hacia el que gasta mal. Se trata de un reproche al que piensa que con dinero se pueden obtener los verdaderos valores, los que de verdad llenan el corazón humano. “Escuchadme y viviréis”, continúa diciendo el profeta: la vida, y la vida abundante, viene de la escucha de la Palabra de Dios. Por eso, quiénes lo saben dirigen su mirada hacia el que puede saciar: “los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente” (Salmo responsorial).

En esta misma línea se mueve la carta de san Pablo a los Romanos: el amor de Dios, manifestado en Cristo, es algo tan seguro, tan firme, que nada ni nadie puede apartarnos de él. Pero el amor es algo gratuito. Quién pretendiera comprarlo, no sólo manifestaría que no entiende nada de amores, sino que se haría despreciable. Porque el amor no consiste en dar, sino en darse. En el amor, yo hago donación de mí mismo a otra persona. En el Amor, Dios se nos entrega a sí mismo. Y lo hace libremente, por el puro placer de darse. Porque no sabe hacer otra cosa. Sólo sabe amar. Pues en el amor encuentra su razón de ser, su vida más profunda.

El Evangelio nos descubre una nueva perspectiva sobre lo valioso. Cuenta que, siendo tarde, y a la vista de la multitud, los discípulos le dicen a Jesús que despida a la gente para que vaya a las aldeas y se compren de comer. Como siempre, la respuesta de Jesús desconcierta: “dadles vosotros de comer”, dice a los discípulos. Pero, ¿cómo, si no tienen comida? Tan solo hay cinco panes y dos peces. Jesús aprovecha la circunstancia para dar una nueva prueba de que en lo gratuito está lo valioso. Gracias al milagro de Jesús, todos comen y sobra. El milagro orienta hacia la abundancia del banquete escatológico: el Reino de los cielos sólo se comprende desde la sobreabundancia. Pero también orienta hacia la anticipación de este Reino en este mundo: allí donde hay un cristiano, hay generosidad; allí donde hay un cristiano, nadie debería pasar hambre. No porque el cristiano sabe vender bien, sino porque sabe repartir lo poco que tiene, aunque sean cinco panes y dos peces. Por eso es importante la palabra de Jesús: “no hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer”. Dadles lo que tengáis, dádselo gratis. Si dais gratis lo que tenéis, abundará y sobrará. Y paradójicamente, no perderéis nada. Como sobrará, podréis recoger. ¿Quién entiende esta extraña sabiduría? Quién la pone en práctica. El Evangelio se hace verdad en la medida en que lo realizo.

+¿Dónde hay plenitud de vida?

Seguramente muchas personas responderían a la pregunta que encabeza este articulo diciendo que hay plenitud de vida o, en términos más sencillos, una buena vida, allí donde hay salud, dinero y amor. Aunque eso del amor suele confundirse con el sexo, y el sexo mal utilizado puede perjudicar la salud y desde luego está muy alejado del amor que perdona y se entrega desinteresadamente. Al final todo se reduce a tener dinero. Ahí está para muchos el criterio de la buena vida.

Pero no es lo mismo buena vida que vida buena. Jesús era amante de la fiesta y del buen vivir. Tanto que fue acusado de comilón y bebedor. Pero el buen vivir, la vida buena, no consiste en mirarse solo a sí mismo buscando agotar todas las posibilidades de placer, sino en vivir teniendo en cuenta a los demás, pensando en los demás, viviendo para los demás. Solo el que busca la felicidad de los demás, ese y solo ese, trabaja por su propia felicidad. Este vivir para los demás es el secreto que el Evangelio nos descubre si queremos salvar la vida ya desde ahora: el que entrega su vida y la pierde por el Evangelio, ese la gana. Y de eso se trata: de ganar la vida.

Jesús afirma explícitamente que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. La pretensión de Jesús es que haya vida en abundancia. Naturalmente, se trata de mucho más que la mera vida biológica. Una vida abundante y en plenitud es una vida con sentido. Hoy un miedo profundo ronda nuestras ciudades: el de que nada vale la pena, nada tiene sentido. De ahí las tentaciones fundamentalistas, que ofrecen respuestas demasiado fáciles a problemas demasiado complejos. La Iglesia, por el contrario, aunque pretende que su mensaje está cargado de sentido, no pretende tener respuesta a todas las cuestiones. El Vaticano II lo dice bien claro: no hay que pensar que “los pastores están siempre en condiciones de poder dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aún graves, que surjan. No es esta su misión” (Gaudium et Spes, 43).

La cuestión del sentido va unida a la cuestión de la verdad, del bien y del amor. Lo que da plenitud de vida es vivir en la verdad. Desgraciadamente, la mentira abunda. Se miente para ocultar el mal que uno hace. Se miente para aparentar. Pero detrás de la apariencia solo hay la nada y el vacío. La verdad está unida al bien y al amor. Lo que nos da plenitud de vida es actuar en conciencia buscando el bien de los demás y sentirnos queridos, sabernos destinatarios de un amor pleno e incondicional.

En Jesús de Nazaret encontramos el modelo más acabado de un amor que toma partido a favor del bien y en contra del mal, un amor “hasta el extremo” (Jn 13,1), hasta más no poder. De ahí que Jesús da la vida por sus amigos: “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Este amor es grande y hasta el extremo porque Jesús nos considera a todos sus amigos, incluso a los que aparentemente son sus enemigos. Por eso da la vida “por todos”, como decimos en cada Eucaristía, por todos “para el perdón de los pecados”, de todos los pecados.

+SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Obispo, Doctor de la Iglesia y fundador de los Redentoristas
1696-1787

San Alfonso María de Ligorio fue una de las grandes figuras espirituales y pastorales de la Iglesia del siglo XVIII. Sacerdote, obispo, misionero, escritor, teólogo y fundador de la Congregación del Santísimo Redentor, dedicó su larga vida a anunciar el amor misericordioso de Dios, especialmente entre los pobres y las personas más abandonadas.

Nació el 27 de septiembre de 1696 cerca de Nápoles, en el seno de una familia noble. Desde niño recibió una excelente formación intelectual, artística y religiosa. Poseía una inteligencia extraordinaria y, siendo todavía muy joven, estudió Derecho civil y canónico. Con apenas dieciséis años obtuvo el doctorado y comenzó una brillante carrera como abogado.

Durante varios años ejerció con éxito en los tribunales de Nápoles. Parecía destinado a ocupar una posición importante dentro de la sociedad de su tiempo. Sin embargo, una grave decepción profesional cambió profundamente su vida. Alfonso comprendió entonces la fragilidad del prestigio, del éxito y de las ambiciones humanas. Poco a poco maduró en él la decisión de abandonar la carrera jurídica y entregar completamente su existencia al servicio de Dios.

Fue ordenado sacerdote en 1726. Desde los primeros años de su ministerio mostró una especial sensibilidad hacia los pobres, los trabajadores, los campesinos y aquellas personas que vivían alejadas de los grandes centros urbanos y apenas recibían atención pastoral. Alfonso no quería predicar un cristianismo complicado o reservado a personas cultas. Deseaba que todos pudieran comprender que Dios los amaba y que Jesucristo había venido para salvarlos.

Su experiencia misionera le permitió descubrir el abandono espiritual en que vivían muchas poblaciones rurales del sur de Italia. Aquella realidad lo conmovió profundamente. Comprendió que era necesario formar sacerdotes y misioneros dispuestos a abandonar las comodidades para acercarse a quienes estaban más necesitados.

Por esta razón, en 1732 fundó la Congregación del Santísimo Redentor, cuyos miembros serían conocidos posteriormente como Redentoristas. La nueva congregación tendría como misión fundamental anunciar el Evangelio a los pobres y abandonados.

La espiritualidad redentorista quedó resumida en una expresión tomada de la Escritura: «Copiosa apud eum redemptio», es decir, «En Él hay abundante redención».

Estas palabras expresan perfectamente el corazón de la espiritualidad de san Alfonso: ninguna debilidad humana es mayor que la misericordia de Dios. Ningún pecado tiene la última palabra cuando una persona se abre sinceramente al perdón y a la gracia.

Una de las grandes aportaciones de san Alfonso a la Iglesia fue precisamente su manera de comprender la teología moral. En aquellos tiempos existían corrientes excesivamente rigoristas que podían presentar la vida cristiana desde el miedo, la culpa y el castigo. Alfonso buscó un camino profundamente evangélico: mantener la exigencia de la moral cristiana, pero contemplando siempre a la persona concreta con sus circunstancias, debilidades y posibilidades.

Para él, el confesor no debía limitarse a juzgar los pecados. Debía ser también padre, médico, maestro y pastor. Tenía que ayudar al pecador a levantarse, recuperar la esperanza y continuar caminando hacia Dios.

Su gran obra, la Teología Moral, ejerció una enorme influencia en la Iglesia. San Alfonso se convirtió con el tiempo en uno de los grandes maestros de la moral católica. Su enseñanza buscaba formar conciencias responsables evitando tanto el rigorismo que aplasta como una permisividad que vacía de contenido el Evangelio.

Pero Alfonso no fue solamente un gran teólogo. Fue también un extraordinario maestro espiritual y un escritor muy fecundo. Escribió numerosas obras destinadas al pueblo cristiano, utilizando un lenguaje sencillo y profundamente afectivo.

Entre sus escritos más conocidos destacan Las glorias de María, Visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima, Práctica del amor a Jesucristo y numerosas meditaciones, oraciones y escritos espirituales.

En toda su obra aparecen constantemente algunos grandes amores: Jesucristo, la Eucaristía, la Virgen María, la oración y la misericordia de Dios.

San Alfonso estaba profundamente convencido de la importancia de la oración. Comprendía que la perseverancia cristiana no depende solamente de nuestras fuerzas. Necesitamos abrir continuamente nuestra vida a la gracia de Dios. De ahí una de las ideas más conocidas de su espiritualidad: quien ora se abre a la salvación porque reconoce humildemente que necesita a Dios.

También profesó una profunda devoción a la Virgen María. Su célebre obra Las glorias de María ha alimentado durante generaciones la espiritualidad mariana de innumerables cristianos. Para Alfonso, María era ante todo Madre que conduce hacia Jesucristo y acompaña con ternura a quienes buscan volver a Dios.

En 1762 fue nombrado obispo de Sant'Agata de' Goti. Alfonso aceptó aquel ministerio con humildad, aunque personalmente prefería continuar dedicado a las misiones populares. Como obispo se preocupó especialmente por la formación de los sacerdotes, la renovación de la predicación, la dignidad de la liturgia y la atención a los pobres.

Su salud fue deteriorándose progresivamente. Padeció fuertes enfermedades y limitaciones físicas que llegaron a deformar su cuerpo. Finalmente tuvo que renunciar al gobierno de la diócesis.

Los últimos años de su existencia fueron especialmente difíciles. A los sufrimientos físicos se añadieron incomprensiones y graves problemas relacionados con la congregación que él mismo había fundado. Sin embargo, permaneció fiel a Dios hasta el final.

San Alfonso María de Ligorio murió el 1 de agosto de 1787, a los noventa años de edad.

Fue canonizado en 1839. Posteriormente, en 1871, el papa Pío IX lo proclamó Doctor de la Iglesia. En 1950, el papa Pío XII lo declaró Patrono de los confesores y de los moralistas.

La obra de san Alfonso continúa viva especialmente a través de los Redentoristas, presentes hoy en numerosos países del mundo, pero su pensamiento pertenece ya al patrimonio espiritual de toda la Iglesia.

Su mensaje conserva una sorprendente actualidad. San Alfonso nos recuerda que la Iglesia nunca puede cansarse de anunciar la misericordia. Nos enseña que detrás de cada pecado existe una persona que necesita ser escuchada, acompañada, perdonada y ayudada a comenzar nuevamente.

Su vida nos recuerda también que evangelizar significa acercarse especialmente a quienes están lejos, olvidados o abandonados. No basta esperar a que las personas vengan: el Evangelio impulsa a salir a su encuentro.

Alfonso descubrió que la verdadera grandeza del sacerdote no está en el prestigio, sino en convertirse en servidor de la misericordia de Dios.

Su existencia podría resumirse en una certeza que atravesó toda su vida:

Dios ama al ser humano mucho más de lo que el ser humano puede imaginar.

Por eso, ante nuestras caídas, limitaciones y pecados, san Alfonso María de Ligorio continúa recordándonos que nunca debemos desesperar.

Porque cuando parece que nuestra pobreza es demasiado grande, todavía queda abierta una puerta: la misericordia de Dios.

Y donde nosotros solamente vemos debilidad, Dios todavía puede comenzar una historia nueva.

San Alfonso María de Ligorio,
pastor de los pobres,
maestro de la misericordia,
apóstol de la oración
y servidor incansable del Evangelio,
ruega por nosotros.


+LA ESPERANZA NACE EN EL PRESENTE

La esperanza no consiste en cerrar los ojos ante las dificultades ni en imaginar que mañana todo será perfecto. La esperanza nace en el presente, en este día concreto que Dios pone en nuestras manos, con sus luces y sus sombras, sus alegrías y sus heridas.

A veces vivimos esperando: esperando que cambien las circunstancias, que desaparezcan los problemas, que llegue una oportunidad mejor. Y mientras esperamos el mañana, podemos olvidar que Dios está aquí, ahora. Este momento, aunque sea pequeño y aparentemente insignificante, es el lugar donde podemos amar, perdonar, servir, comenzar de nuevo y confiar.

La esperanza cristiana no dice: «Todo saldrá como yo quiero». Dice algo mucho más profundo: «Pase lo que pase, Dios caminará conmigo». Por eso podemos levantarnos después de una caída, encender una pequeña luz en medio de la oscuridad y seguir sembrando aunque todavía no veamos los frutos.

No necesitamos tener resuelto todo el camino. Basta con descubrir el paso que podemos dar hoy. Una llamada, una palabra amable, una oración, una reconciliación, una mano tendida, unos minutos dedicados a quien está solo… Los pequeños gestos del presente pueden convertirse en semillas de eternidad.

Jesús nos invita a no quedar prisioneros de la preocupación por el mañana: «A cada día le basta su propio afán» (Mt 6,34). El Evangelio nos devuelve al hoy, porque el hoy es el tiempo de Dios.

Quizá ayer hubo lágrimas. Quizá mañana todavía sea incierto. Pero hoy podemos confiar. Hoy podemos amar. Hoy podemos volver a empezar.

La esperanza no comienza mañana.
La esperanza nace hoy,
en el corazón de quien, aun sin verlo todo claro,
se atreve a poner nuevamente su vida
en las manos de Dios.

Porque mientras haya un nuevo día, una posibilidad de amar y un corazón dispuesto a confiar, siempre habrá esperanza.

+Estoy siempre contigo

¿Me necesitas? Estoy aquí contigo.

No puedes verme, sin embargo soy la luz que te permite ver.

No puedes oírme, sin embargo hablo a través de tu voz.

No puedes sentirme, sin embargo soy el poder que trabaja en tus manos.

Estoy trabajando en ti, aunque desconozcas Mis senderos.

Estoy trabajando, aunque no reconozcas Mis obras.

No soy una visión extraña. No soy un misterio.

Solo en silencio absoluto, más allá del "yo" que aparentas ser puedes conocerme, y entonces solo como un sentimiento y como Fe.

Todavía estoy aquí contigo, todavía te oigo.

Todavía te contesto.

Aunque me niegues, estoy contigo.

En los momentos en que más solo crees encontrarte, Yo estoy contigo.

Aún en tus temores, estoy contigo.

Aún en tu dolor, estoy contigo.

Estoy contigo cuando oras y cuando no oras.

Estoy en ti y tú estás en Mí.

Solo en tu mente puedes sentirte separado de Mí, pues solo en tu mente están las brumas de "lo tuyo" y "lo mío".

Sin embargo, tan solo con tu mente puedes conocerme y sentirme.

Vacía tu corazón de temores ignorantes.

Cuando quites el "yo" de en medio, estoy contigo.

Por ti mismo no puedes hacer nada, pero Yo todo lo puedo.

Yo estoy en todo.

Aunque no puedas ver bien, el bien está allí, pues Yo estoy allí.

Solo en Mí el mundo tiene significado; solo de Mí toma el mundo forma.

Solo por Mí el mundo sigue adelante.

Soy la ley en la cual descansa el movimiento de las estrellas y el crecimiento de toda célula viva.

Soy el amor que es el cumplimiento de la ley.

Soy seguridad, soy paz

Soy unificación, soy la ley por la cual vives.

Soy el amor en el que puedes confiar. Soy tu seguridad.

Soy tu paz, Soy uno contigo, Yo soy.

Aunque falles en encontrarme, Yo nunca dejo de encontrarte.

Aunque tu fe en Mi es insegura. Mi fe en ti nunca flaquea porque te conozco, porque te amo.

Mi bien amado, estoy aquí, contigo.


+La Iglesia en Aragón muestra su cercanía al pueblo colombiano tras el terremoto

Iglesia en Aragón

La Iglesia en Aragón quiere expresar su cercanía y solidaridad con el pueblo de Colombia tras el terremoto que ha golpeado el país y que está dejando numerosas víctimas y graves daños.

Nuestra oración se dirige especialmente a las personas fallecidas y heridas, a sus familias y a cuantos están viviendo estas horas con angustia e incertidumbre. Pedimos también por quienes trabajan en las labores de búsqueda, rescate y atención a los afectados.

Colombia está muy presente en nuestras comunidades. Son muchos los fieles colombianos que forman parte de nuestras parroquias y también numerosos los sacerdotes procedentes de este país que ejercen su ministerio entre nosotros y enriquecen con su entrega la vida de nuestras diócesis.

A todos ellos queremos transmitir de manera especial nuestro afecto y nuestra cercanía. Compartimos su preocupación por sus familiares, amigos y comunidades de origen y nos unimos a ellos en la oración.

En estos momentos de dolor, la Iglesia en Aragón abraza fraternalmente al pueblo colombiano y pide al Señor consuelo para quienes sufren, fortaleza para quienes trabajan al servicio de las víctimas y esperanza para todo el país.

Nos encomendamos de manera especial a la Virgen del Pilar, Madre y consuelo de quienes sufren, y ponemos bajo su protección al pueblo colombiano, a las víctimas y a todas las familias afectadas por esta tragedia.

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