ALABANZA A LOS QUE SE ENTREGAN EN SILENCIO
Benditos sean los que hacen el bien sin esperar aplausos,
los que sirven sin buscar reconocimiento
y aman sin preguntar qué recibirán a cambio.
Benditas las manos que cuidan,
los brazos que sostienen,
los ojos que saben descubrir una lágrima
y los corazones que permanecen cerca
cuando otros se marchan.
Benditos los que acompañan al enfermo,
escuchan al que está solo,
consuelan al que sufre,
comparten su pan con quien lo necesita
y regalan su tiempo sin llevar cuentas.
Son hombres y mujeres sencillos,
muchas veces anónimos,
que hacen menos frío nuestro mundo
y más llevadera la carga de los demás.
Quizá nadie pronuncie sus nombres,
quizá sus gestos nunca sean noticia,
pero Dios conoce cada entrega,
cada renuncia y cada pequeño acto de amor.
Porque también ellos hacen presente el Evangelio:
«Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha».
(Mt 6,3)
Gracias, Señor,
por tantas personas buenas que caminan entre nosotros.
Por quienes sirven en silencio,
aman con ternura
y convierten su vida en un regalo.
Que nunca se cansen de hacer el bien
y que nosotros aprendamos de ellas
que la grandeza de una vida
no está en ser reconocido,
sino en amar, servir y darse a los demás.
Benditos sean los que pasan por la vida haciendo el bien.