9 DE OCTUBRE DE 2026

EL SAN DE CADA DÍA

SAN JUAN LEONARDI. Nació en la ciudad toscana de Lucca (Italia) el año 1541; estudió farmacia, pero abandonó esta profesión y se ordenó de sacerdote. Desarrolló una gran actividad pastoral en los años decisivos de la reforma emprendida por el Concilio de Trento. Se dedicó al ministerio de la predicación y a la enseñanza de la doctrina cristiana a los niños. Fundó en 1574 la Orden de Clérigos Regulares de la Madre de Dios, por la cual tuvo que sufrir muchas tribulaciones. Instituyó también una agrupación de presbíteros dedicados a la propagación de la fe entre infieles, por lo cual es considerado con razón como el fundador del Instituto que luego, ampliado por obra de los sumos pontífices, habría de ser la Congregación «de Propaganda Fide». Obrando con prudencia y caridad, restauró la disciplina en varias Congregaciones religiosas. Murió en Roma el 8 de octubre de 1609.- Oración: Señor, Dios nuestro, fuente de todo bien, que anunciaste el Evangelio a numerosos pueblos por medio de tu presbítero san Juan Leonardi, haz que, por su intercesión, se difunda siempre en todo el mundo la verdadera fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

ALABANZA A DIOS POR NUESTRA VOCACIÓN

Gracias, Señor, por llamarnos a amar y servir.

Señor, Dios de la vida y del amor, hoy elevamos nuestro corazón hacia Ti para alabarte y bendecirte por el maravilloso regalo de nuestra vocación.

¡Bendito seas, Señor, porque nos has llamado por nuestro nombre!

Gracias por confiar en nosotros, a pesar de nuestras limitaciones, de nuestras dudas y fragilidades, de nuestros errores y cansancios.

Nos has llamado no porque seamos perfectos, sino porque nos amas y conoces nuestro corazón.

Te alabamos por habernos regalado una vida que encuentra su verdadero sentido cuando se convierte en entrega, en cercanía, en ternura y en servicio.

Gracias por las personas que has puesto en nuestro camino, por quienes nos han enseñado a amar, por quienes han fortalecido nuestra esperanza y por quienes nos han ayudado a descubrir la belleza de vivir para los demás.

¡Alabado seas, Señor, por la alegría de servir!

Por las manos que ayudan, por los brazos que abrazan, por los labios que consuelan, por los ojos que saben mirar con misericordia y por los corazones que permanecen abiertos ante el sufrimiento de sus hermanos.

Te alabamos por todas las vocaciones: por quienes forman una familia, por quienes educan y enseñan, por quienes cuidan a los enfermos, por quienes trabajan por la justicia y la paz, por quienes consagran su vida al Evangelio y por quienes sirven silenciosamente sin esperar reconocimientos.

Gracias, Señor, por nuestra vocación sacerdotal, por el inmenso regalo de anunciar tu Palabra, celebrar los sacramentos, acompañar las alegrías y las lágrimas y caminar junto a tu pueblo.

Perdona nuestras faltas de generosidad, nuestras prisas y nuestras impaciencias, las veces que hemos olvidado que servir es mucho más importante que sobresalir.

¡Bendito seas, Señor, porque tu amor es más grande que nuestras debilidades!

Cuando llegue el cansancio, danos fortaleza. Cuando aparezca la tristeza, regálanos esperanza. Cuando nos sintamos solos, haznos experimentar tu cercanía. Cuando la edad limite nuestras fuerzas, recuérdanos que siempre podemos seguir amando.

Que nunca confundamos nuestra vocación con el poder, el prestigio o los privilegios. Que sepamos vivirla con humildad, con sencillez, con gratitud y con la alegría de sentirnos servidores.

Señor, que no perdamos la ilusión del primer día, la frescura de nuestra entrega, la ternura de nuestros gestos ni la capacidad de emocionarnos ante la grandeza de las cosas pequeñas.

Que nuestra presencia lleve paz, que nuestras palabras transmitan esperanza, que nuestras manos construyan fraternidad y que nuestra vida sea un reflejo de tu amor.

¡Gracias, Padre bueno, porque nos llamaste a servir y nos sigues acompañando cada día!

No permitas que nuestro corazón envejezca en el amor. Que podamos tener menos fuerzas, pero nunca menos generosidad; menos posibilidades, pero nunca menos esperanza; menos caminos por recorrer, pero siempre nuevas razones para amar.

Y cuando llegue el atardecer de nuestra vida, que podamos presentarnos ante Ti con las manos gastadas por el servicio, el corazón enriquecido por el amor y el alma agradecida por tanto bien recibido.

Señor, gracias por nuestra vocación. Gracias por llamarnos. Gracias por sostenernos. Gracias por permitirnos servir.

Que toda nuestra vida sea una alabanza a Ti y una bendición para nuestros hermanos.

AMÉN. ALELUYA.

«Servid al Señor con alegría» (Salmo 100,2).