AMANECE Y ORAMOS
LO CREO, LO SIENTO, LO SÉ
Sé que las imágenes pueden confundirme
y hasta engañarme.
Sé que los nombres no alcanzan a decirte
por mucho que los ajuste.
Sé que los sueños más hermosos
son proyecciones.
Sé que las palabras se quedan cortas
en todas sus expresiones.
Y, a pesar de ello,
te imagino,
te nombro,
te sueño,
y te hago palabra e imagen
para conocerte,
porque Tú eres el que quiere revelarse
en esas pobres mediaciones.
Como Padre,
tu querer es siempre amor
y da la vida
–el espacio, el aire, el cuerpo–
a todo lo creado,
a nosotros también,
aunque no lo sepamos,
desde el principio de los tiempos,
pasando por nuestros días,
hasta la eternidad.
Como Hijo
viniste a nuestro encuentro
y te hiciste como nosotros;
tu palabra es vida
que ayuda y consuela al hermano;
te haces carne para el hambriento
y bebida para el sediento;
santificas y alegras nuestros pasos
y eres viático en nuestro vagar
hacia la eternidad.
Como Espíritu,
tu presencia nos acompaña
y es luz y sombra,
fuego y brisa
que empuja la historia,
y a todos nosotros,
hacia la plenitud,
dándonos paz, justicia, verdad y amor
día a día;
de ella surge la eternidad.
Tanto nos amas
que eres Trinidad,
Dios abierto y entregado
sin reservas.
Lo creo,
lo siento,
lo sé.
EL SANTO DE CADA DÍA
San Pablo VI, cuyo nombre de nacimiento fue Giovanni Battista Montini, nació el 26 de septiembre de 1897 en Concesio, cerca de Brescia, en Italia. Creció en una familia profundamente cristiana, comprometida con la fe y con la vida social. Desde muy joven manifestó una gran sensibilidad espiritual, amor por el estudio y una profunda preocupación por las necesidades humanas y sociales de su tiempo.
Ingresó en el seminario siendo todavía muy joven y fue ordenado sacerdote en el año 1920. Después de sus estudios de filosofía, teología y diplomacia, comenzó a trabajar al servicio de la Santa Sede. Su inteligencia, capacidad de diálogo y espíritu de servicio hicieron que desempeñara importantes responsabilidades dentro de la Iglesia.
Durante muchos años trabajó en la Secretaría de Estado del Vaticano, donde pudo conocer de cerca los grandes problemas políticos, sociales y espirituales del mundo contemporáneo. Aquella experiencia le ayudó a comprender mejor las necesidades de la humanidad y el papel que la Iglesia debía desempeñar en medio de los cambios históricos del siglo XX.
Más tarde fue nombrado arzobispo de Milán, una de las diócesis más importantes de Italia. Allí se distinguió por su cercanía a los trabajadores, a las familias y a los pobres. Visitaba fábricas, hablaba con obreros, estudiantes e intelectuales, y buscaba una Iglesia más cercana a la vida cotidiana de las personas. Su deseo era que el mensaje del Evangelio pudiera llegar a todos, especialmente a quienes se sentían alejados de la fe.
El 21 de junio de 1963 fue elegido Papa tras la muerte de San Juan XXIII. Escogió el nombre de Pablo VI en honor al apóstol San Pablo, gran evangelizador y misionero de la Iglesia primitiva. Desde el comienzo de su pontificado mostró un profundo deseo de diálogo, renovación y apertura al mundo.
A Pablo VI le correspondió continuar y concluir el histórico Concilio Vaticano II, iniciado por Juan XXIII. Este concilio marcó una etapa decisiva en la vida de la Iglesia, promoviendo una renovación espiritual y pastoral. Bajo el liderazgo de Pablo VI se impulsó una liturgia más cercana al pueblo, una mayor participación de los laicos, el diálogo ecuménico con otras Iglesias cristianas y una actitud de apertura hacia el mundo contemporáneo.
San Pablo VI comprendió que la Iglesia debía anunciar el Evangelio con un lenguaje nuevo, sin perder la fidelidad a Jesucristo. Por ello insistió mucho en la evangelización, la paz, la justicia social y la dignidad de toda persona humana.
Fue también el primer Papa de la época moderna que realizó numerosos viajes apostólicos internacionales. Visitó Tierra Santa, India, África, América Latina y otros muchos países. Con estos viajes quiso acercar la figura del Papa a todos los pueblos y mostrar una Iglesia universal y misionera. Uno de los momentos más importantes de su pontificado fue el encuentro en Jerusalén con el Patriarca Atenágoras, gesto histórico de acercamiento entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa.
Entre sus escritos más importantes destacan las encíclicas Ecclesiam Suam, sobre el diálogo de la Iglesia con el mundo; Populorum Progressio, dedicada al desarrollo de los pueblos y la justicia social; y Humanae Vitae, centrada en el amor humano y la defensa de la vida. También sobresale la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, considerada uno de los textos más importantes sobre la evangelización en el mundo moderno.
San Pablo VI fue un hombre profundamente espiritual, humilde y sensible. Vivió años difíciles marcados por tensiones sociales, crisis culturales y cambios profundos dentro y fuera de la Iglesia. Sufrió mucho ante la división, la violencia y el alejamiento religioso de muchas personas, pero nunca perdió la esperanza ni dejó de confiar en Dios.
Una de sus expresiones más recordadas fue la invitación a construir una “civilización del amor”, basada en la fraternidad, la paz, la justicia y el respeto a la dignidad humana.
Murió el 6 de agosto de 1978, fiesta de la Transfiguración del Señor. Su vida dejó una profunda huella en la Iglesia contemporánea. Fue beatificado en 2014 y canonizado en 2018 por el Papa Francisco.
Hoy San Pablo VI es recordado como el Papa del diálogo, de la evangelización y del Concilio Vaticano II. Su vida fue un ejemplo de servicio humilde, fidelidad al Evangelio y amor profundo a la humanidad. Continúa siendo una figura fundamental para comprender la misión de la Iglesia en el mundo moderno y la necesidad de anunciar a Cristo con esperanza, cercanía y espíritu de paz.