Dios de amor y misericordia, hoy me presento ante Ti buscando tu rostro con un corazón sincero y humilde. En medio de mis dudas, temores y anhelos, te pido que ilumines mi camino con la claridad de tu luz. Enséñame a reconocer tu presencia en los pequeños detalles de cada día, a descubrirte en las personas que encuentro y en las situaciones que enfrento.
Guíame, Señor, para que mi fe crezca y mis pasos sigan siempre el sendero de tu voluntad. Dame la gracia de abrir mi mente y mi espíritu, para escuchar tu voz en el silencio, en la oración y en la vida cotidiana. Fortalece mi esperanza cuando los desafíos me hagan dudar, y concédeme la alegría de saber que nunca estoy en soledad, porque tu amor me acompaña siempre.
Que mi corazón permanezca sediento de tu verdad y dispuesto a buscarte constantemente. Ayúdame a confiar en tus planes, aunque no los comprenda del todo, y a descansar en tu paz cuando el mundo parezca incierto. Te suplico, Dios bueno, que me permitas conocerte más, amarte con todo mi ser y servirte con generosidad.
No dejes que me aleje de tu camino; sostenme con tu mano y haz de mi vida un reflejo de tu bondad. Que mi búsqueda de Ti sea constante y sincera, y que, al encontrarte, pueda experimentar la plenitud y el consuelo que sólo Tú puedes dar. Amén.
SAN JOSÉ ALLAMANO. Nació en Castelnuovo d'Asti (Piamonte, Italia) el año 1851, de familia campesina. Era sobrino de san José Cafasso y tuvo a san Juan Bosco de confesor y guía espiritual en Turín, donde ingresó en el seminario y, en 1873, recibió la ordenación sacerdotal. Era frágil de salud, pero inteligente y tenaz. Su primer destino fue el seminario diocesano. En 1880 fue nombrado rector de la Consolata, el santuario más querido de los turineses. Allí promovió el culto mariano, reabrió el convictorio sacerdotal anejo al santuario para fomentar la formación y santidad de los sacerdotes. Desde joven había sentido la vocación misionera y consideraba imprescindible avivar en la Iglesia el amor a las misiones. Con paciencia y tenacidad fue desarrollando su proyecto que desembocaría en una doble congregación: en 1901 nació el Instituto de la Consolata para las Misiones Extrajeras, y años más tarde, en 1910, comenzó el nuevo instituto de hermanas misioneras. Murió en Turín el año 1926, y lo beatificó Juan Pablo II en 1990.