Zaragoza, España 11 de agosto de 2026     Numero:  915

+EL SAN DE CADA DIA

SANTA CLARA DE ASÍS. Nació en Asís (Italia) el año 1193 en el seno de una familia noble. Cuando san Francisco se convirtió a Dios y empezó a predicar, Clara lo escuchaba a gusto y se entrevistaba con él en secreto. La noche del Domingo de Ramos de 1211 ó 1212, Clara abandonó la casa paterna y se consagró a Dios en la Porciúncula en manos de Francisco. Acto seguido la acompañaron al monasterio de benedictinas de San Pablo de Bastia, de donde pasó más tarde a la iglesia del Santo Ángel de Panzo y luego a San Damián. Pronto la siguieron otras jóvenes, y con ellas, bajo la guía de Francisco, se formó en San Damián, a las afueras de Asís, la comunidad que se convertiría en la Orden de las Clarisas. Allí vivió Clara encerrada, en pobreza, oración y caridad, más de cuarenta años, gran parte de los cuales estuvo postrada en cama. Fue la madre y formadora, con su ejemplo y su palabra, de una gran familia monástica, parte esencial del carisma franciscano. La víspera de su muerte tuvo la alegría de ver aprobada por el Papa su Regla propia. Murió en San Damián el 11 de agosto de 1253, y la canonizó Alejandro IV el 15 de agosto de 1255.- Oración: Oh Dios, que infundiste en santa Clara un profundo amor a la pobreza evangélica, concédenos, por su intercesión, que, siguiendo a Cristo en la pobreza de espíritu, merezcamos llegar a contemplarte en tu reino. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

ALABANZA A SANTA CLARA DE ASÍS

Mujer de luz, hermana de los pobres

Santa Clara, mujer luminosa,
hermana de Francisco,
enamorada de Cristo pobre y humilde,
bendice nuestro caminar.

Clara de nombre y clara de corazón,
dejaste atrás seguridades y riquezas
para abrazar la única riqueza
que nadie podía arrebatarte: Jesucristo.

Elegiste la pobreza
no porque despreciaras las cosas,
sino porque habías descubierto
que cuando Dios llena el corazón
necesitamos muy poco para ser felices.

Santa Clara, mujer libre,
enséñanos a vivir desprendidos.

Tú comprendiste que seguir a Jesús
no era poseer, dominar ni sobresalir,
sino hacerse pequeña,
servir en silencio,
compartir el pan
y convertir la propia vida
en una humilde ofrenda de amor.

En San Damián hiciste de la oración
una ventana abierta hacia el mundo.
Tras los muros del monasterio
no te apartaste de los hombres y mujeres:
los llevaste contigo ante Dios.

Oraste por quienes sufrían,
por los pobres,
por los enfermos,
por quienes habían perdido la esperanza,
por la Iglesia necesitada de renovación
y por un mundo herido por la violencia.

Santa Clara, mujer contemplativa,
enséñanos a mirar la vida
con los ojos de Dios.

Fuiste hermana y compañera espiritual
de Francisco de Asís.
Con él aprendiste el Evangelio
sin adornos ni privilegios:
Cristo desnudo, pobre, hermano de todos,
presente especialmente
en los pequeños y olvidados.

Tu monasterio no fue una prisión,
sino una casa de fraternidad;
tu silencio no fue vacío,
sino escucha;
tu pobreza no fue miseria,
sino libertad;
tu oración no fue huida,
sino abrazo al mundo entero.

Santa Clara, mujer fuerte,
enséñanos la valentía de la ternura.

Cuando llegaron las dificultades
no abandonaste el camino.
Cuando aparecieron la enfermedad
y la fragilidad,
continuaste confiando.

Tu cuerpo podía debilitarse,
pero tu corazón permanecía despierto.
Porque habías descubierto
que nuestra verdadera fuerza
no consiste en poder hacerlo todo,
sino en abandonarnos confiadamente
en las manos del Padre.

Santa Clara,
haznos sencillos.

Cuando busquemos grandeza,
recuérdanos el pesebre.

Cuando deseemos tener más,
recuérdanos la pobreza de Francisco.

Cuando nos sintamos solos,
recuérdanos la fraternidad.

Cuando llegue la oscuridad,
recuérdanos que incluso una pequeña lámpara
puede iluminar toda una habitación.

Cuando nos falten fuerzas,
recuérdanos que Dios continúa trabajando
también desde nuestra fragilidad.

Y cuando llegue nuestra última hora,
enséñanos a recibirla con confianza,
como tú recibiste a la hermana muerte,
bendiciendo al Dios que te había creado.

Santa Clara de Asís,
mujer pobre y rica de Dios,
mujer silenciosa y llena de Palabra,
mujer frágil y extraordinariamente fuerte,
mujer escondida y luz para la Iglesia: 
ruega por nosotros.

Que aprendamos a contemplar,
a servir,
a compartir,
a perdonar,
a vivir con menos
y a amar mucho más.

Que nuestra vida sea también
una pequeña lámpara encendida
ante tantos corazones que viven en oscuridad.

Y que podamos descubrir contigo
que quien encuentra verdaderamente a Cristo
ha encontrado el tesoro
por el que merece la pena entregarlo todo.

Santa Clara de Asís,
hermana de Francisco,
amiga de los pobres
y enamorada de Jesucristo:
ruega por nosotros
y ayúdanos a vivir con alegría
la sencillez del Evangelio.

Amén.