Señor Dios, Padre de amor y misericordia,
hoy elevamos nuestra oración hacia Ti con el corazón lleno de fe y esperanza.
Te damos gracias por el hermoso regalo de nuestras madres,
por su vida, su amor incondicional y por cada sacrificio que hicieron por nosotros.
Tú conoces, Señor, todo el bien que sembraron en nuestras vidas:
sus consejos, sus oraciones, su ternura y su entrega diaria.
Hoy recordamos con cariño a aquellas madres que han sido llamadas a tu presencia,
y confiamos en tu infinita bondad para que las recibas en tu Reino de paz y de luz.
Señor, concédeles el descanso eterno y la alegría de contemplar tu rostro.
Perdona sus faltas y recompénsales por todo el amor que compartieron
y por todo el bien que hicieron en sus familias y en el mundo.
Te pedimos también que consueles a quienes sentimos su ausencia.
Llena nuestros corazones de esperanza y ayúdanos a recordar siempre
sus enseñanzas, su fe y el ejemplo de vida que nos dejaron.
Que desde el cielo continúen cuidando de sus hijos y de sus familias,
y que su amor permanezca vivo en nuestras vidas.
Haz que un día podamos reunirnos nuevamente con ellas
en la alegría eterna de tu presencia.
Por la intercesión de la Santísima Virgen María,
madre amorosa que comprende el dolor y la esperanza de sus hijos,
te confiamos nuestras madres que ya descansan en Ti.
Amén.
SAN RODRIGO Y SAN SALOMÓN DE CÓRDOBA.
Rodrigo era sacerdote y tenía dos hermanos, uno cristiano y otro musulmán. En una pelea entre los dos hermanos, Rodrigo intervino para poner paz, pero recibió un golpe que lo dejó sin sentido. El hermano musulmán, dándolo por muerto, dijo que se había hecho musulmán. Cuando Rodrigo se recuperó, vio lo peligrosa que iba a ser su situación, por lo que se retiró a la serranía, donde vivió cinco años en paz. Un día que fue a Córdoba, se topó con su hermano musulmán, el cual lo acusó de haber vuelto al cristianismo. Ante el juez, Rodrigo se mantuvo firme en su fe cristiana, por lo que fue encarcelado. En la prisión se encontró con Salomón, un seglar que se había convertido de musulmán en cristiano, por lo que había sido condenado a muerte. Ambos se apoyaban y confortaban mutuamente para afrontar el martirio. Enterado el juez de esa fraternidad, mandó que los separaran. Volvió a llamarlos a juicio y, al no conseguir que renegaran de Cristo y se convirtieran al Islam, mandó ejecutarlos. Camino del lugar de la ejecución, ambos mártires se dieron el ósculo de paz y se animaron a dar la vida por Cristo; el juez intentó una vez más que apostataron, pero no lo consiguió. Fueron decapitados en Córdoba (España) a orillas del río Guadalquivir el 13 de marzo del año 857. San Eulogio de Córdoba es quien nos narra este martirio en su Apologeticus.